Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

Enviar
Viernes 11 Agosto, 2017

Pobreza por elección

Hace poco tiempo el gobierno dio el anuncio de la tarifa solidaria eléctrica, con el cual aumentaría en una cantidad casi indetectable los recibos de gran parte de la población que tiene seguridad de poder pagar su propio recibo eléctrico (se estima cercano al 0,01%) con el objetivo de financiar en un 50% o 100% la tarifa eléctrica de más de 50 mil hogares en condición de pobreza o pobreza extrema.

A raíz de esa iniciativa, que considero una pequeña gran acción hacia generar una sociedad algo más justa, han surgido muchas críticas que denotan algunos de los peores vicios que nuestra sociedad ha construido: la falta de solidaridad, el egoísmo, el prejuicio y, sobre todo, la falta de empatía. ¡De todo se ha dicho! Desde que las personas son pobres por elección, por vagancia o por falta de esfuerzo, hasta que ser pobre en Costa Rica es un negocio, o que es rentable vivir de las transferencias del Estado. Aun así, llevo días tratando de encontrar a alguien que esté dispuesto a vivir en condición de pobreza voluntariamente, solamente para que el Estado le transfiera una cantidad de dinero que apenas garantice subsistencia y no he logrado dar con nadie.

No hemos sido capaces de ver que en Costa Rica (al igual que en casi todas las sociedades occidentales) unos nacemos con muchas más oportunidades que otros. Y esas oportunidades serán determinantes en qué será de nosotros en cuanto a nuestro poder adquisitivo y nivel socioeconómico. Tomemos el caso de Santiago y de Lucía, dos adolescentes de la misma edad y con intereses y aptitudes similares:
Santiago creció en un barrio tranquilo y acomodado en San Antonio de Belén con sus dos padres, contadores los dos, quienes tenían un ingreso estable y que les alcanzaba para tener casa y vehículo propio, mantener a los dos hijos que decidieron tener, salir de paseo de vez en cuando y hasta ahorrar un poco cada mes. Decidieron hacer el esfuerzo de enviar a sus hijos al Colegio Saint Paul, aunque les saliera caro, para que ellos recibieran la mejor educación que pudieran pagar. Santiago sabía que, al llegar del colegio a la casa, siempre habría comida suficiente, que cuando necesitara un libro o pantalón nuevo sus padres podrían comprárselo. No tenía que preocuparse por mucho más que sus tareas y exámenes y algún par de tareas en la casa, sus padres se encargaban del resto. Ayudaba a su hermano menor con sus tareas, pero hasta tiempo le quedaba para jugar con su PS4. Santiago se esforzó, logró buenas notas y entrar a la UCR a estudiar lo mismo que sus padres. Durante su carrera fue igual: sus preocupaciones giraban casi exclusivamente en torno a la U y logró graduarse en cinco años y conseguir trabajo con mucha facilidad, por todos los contactos que tenían sus padres. Poco tiempo después logró asegurarse un nivel de ingreso importante y al menos seguir viviendo bajo la misma solvencia y estabilidad que con sus padres.

Lucía creció en un barrio pobre en Los Guido de Desamparados. Su padre era bodeguero y su madre ama de casa, ambos apenas lograron terminar el colegio. No sabían mucho de planificación familiar, por lo que tuvieron cinco hijos, Lucía era la mayor. Como en tantas otras familias, el padre de Lucía los dejó cuando ella era muy joven. Paga la pensión que le corresponde por ley, pero desde luego, es muy limitada. La crianza y asegurarse de que a sus hijos no les falte nada, le corresponden a su madre. Por eso ella tiene dos trabajos, en uno de ellos ni siquiera le pagan el salario mínimo (como a tantos costarricenses), pero lo acepta con tal de poder comer. Pasa su día preocupada por que logre alimentar a sus hijos y en último lugar, ella. Lucía debe ayudarle mucho a cuidar a sus hermanos menores y con las tareas de la casa, por lo cual es casi un lujo para ella asistir al colegio. Asiste al colegio público más cercano, porque cualquier otro es impagable para ellos. Muchos de sus compañeros consumen drogas, otros han desertado porque deben buscar trabajo para aportar a sus familias y tiene compañeras que han quedado embarazadas en la ausencia de educación para la sexualidad. Los grupos en el colegio son numerosos, los profesores están sobrecargados y no tienen las condiciones para impartir las mejores lecciones. Lucía se esfuerza, lucha por mantenerse lejos de tantos distractores a su alrededor, pero le queda muy poco tiempo para estudiar por tener que dedicarse a sus hermanos y a la casa. Su rendimiento empieza a caer conforme avanza hasta que pierde 10° año. Su madre le da una última oportunidad para terminar el colegio porque luego necesita que ella empiece a trabajar para aportar a la casa. Lucía, tanto por su rendimiento académico que, a pesar de su esfuerzo, no es sobresaliente, como por la condición de su hogar, no logra entrar a la universidad. Por lo que solo puede aspirar a trabajos no calificados. El ingreso que genera apenas supera el mínimo y la mayor parte debe dedicarla para ayudar a su madre y sacar adelante su hogar. Con frecuencia deben endeudarse para hacer frente a todos sus gastos, lo cual compromete su situación a futuro. Sus oportunidades se ven limitadas por las condiciones de su hogar.

Aun cuando ambos, Santiago y Lucía, pusieron igual esfuerzo a sus deberes y poseían aptitudes similares, desde luego que Santiago tendrá una condición socioeconómica más ventajosa que Lucía. ¿Es eso justo? Esta sociedad nadie es pobre por elección. Y sí, algunos lograrán esforzarse tanto que, con algo de suerte y también por acciones afirmativas del Estado, saldrán de su condición. Eso no elimina la injusticia existente porque otros muchos, por más que se esforzaron toda su vida, no lo lograron; y porque otros tantos, por más que nunca se esforzaron mucho, siguieron siendo acomodados solamente porque la familia en que nacieron lo era.

¿Qué necesita nuestra sociedad? Aparte de solidaridad; empatía, sobre todo. Tener la capacidad de ubicarnos en el lugar de alguna de esas 27 mil familias que son atendidas por Puente al Desarrollo. Familias que se esfuerzan pero que el sistema les dificulta muchísimo salir de su condición; porque las causas de la pobreza son demasiadas, complejas y hasta cierto punto incomprensibles para quienes no la hemos vivido. Sin duda creo que para la madre de Lucía el no tener que preocuparse por pagar su recibo eléctrico hubiera resultado en una pequeña pero significativa ayuda; con un pequeño costo para la familia de Santiago que tiene muchas otras ventajas. Como tantas otras políticas que le hubieran facilitado a ella no tener que tomar dos trabajos, permitiéndole a Lucía dedicarse más al colegio, avanzar más en su educación y aspirar a una mejor condición socioeconómica.