Jose Luis Arce

Jose Luis Arce

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Jueves 2 Junio, 2016

Permisos de paternidad obligatorios

Las disparidades entre mujeres y hombres son particularmente profundas en el mercado de trabajo. Los datos son reveladores y preocupantes.
La población femenina tiene una tasa de participación mucho menor que la de los hombres: alrededor del 50% de las mujeres mayores de 15 años ha ingresado al mercado de trabajo frente a casi un 75% en el caso de los hombres.


Aproximadamente una de cada tres personas en la fuerza de trabajo es mujer, pero en el caso de los desempleados esta proporción aumenta a una de cada dos. Esto significa que no solo las mujeres tienen mayores dificultades para ingresar al mercado laboral, sino que ya dentro de él, experimentan mayores problemas para emplearse que los hombres: la tasa de desempleo femenina es de más del 12% frente al 8% en el caso de los hombres.
Estos precarios patrones de vinculación de las mujeres al mercado de trabajo son aún peores en el caso de la población más joven. El desempleo femenino en los grupos etarios de 15 a 24 años y de 25 a 34 años es del 28% y el 15%, frente al 20% y el 7,5% en el caso de la población masculina. Conforme se consideran grupos de población de mayor edad, la brecha persiste pero tiende a cerrarse: 7% y 4% para mujeres y hombres entre 35 y 44 años, y 5,3% y 4,9% en el caso de la población entre 45 y 59 años.
La inequidad persiste en términos de la calidad del empleo (la informalidad y el subempleo femenino son mayores que el masculino), en los salarios (la remuneración media femenina es entre un 15% y un 30% menor que la masculina) y en los espacios para acceder a mejores posiciones y cargos de dirección.
La evidencia parece sugerir que aspectos reproductivos y de la forma en como son estructuradas las relaciones familiares a partir de ellos tienen un peso determinante: la maternidad, la convivencia en pareja y la forma en que al interior de los hogares son distribuidas las cargas asociadas con ellas parecen explicar una porción muy alta de las brechas.
Las licencias de maternidad, los permisos temporales asociados con el cuidado de los hijos, la posibilidad de reducir la jornada de trabajo o de modificar el lugar en donde se realizan las tareas (teletrabajo) son acciones de política pública o iniciativas espontáneas de empleadores que, aunque bienintencionadas, no crean los incentivos correctos para corregir los problemas de fondo y terminan ampliándolos, porque esencialmente perpetúan la creencia de que para las mujeres es más sencillo ocuparse de la crianza de los hijos.
Al oscurecer la productividad del trabajo femenino, permiten con facilidad que sea infravalorado: los empleadores descontarían, al contratar una mujer, la posibilidad de que se acoja a una licencia de maternidad o a algún esquema de flexibilización de jornada, lo que la pondría en desventaja frente a un hombre con las mismas calificaciones.
Las políticas tradicionales de equidad de género — cuando son bien diseñadas— pueden tener resultados positivos, pero quizás hay que dar un paso más allá. En la actual campaña electoral española ha surgido una idea interesante: los permisos de paternidad obligatorios e intransferibles.
Con ellos pueden lograrse dos cosas: empleadores y trabajadores masculinos deberán hacerse a la idea de que eventualmente interrumpirán su carrera laboral temporalmente durante el nacimiento de sus hijos —esto debería cerrar parte de la brecha que las licencias de maternidad crean— y, lo que puede resultar aún más importante, probablemente terminarían alterando la forma en como las cargas asociadas con el cuido de los niños son repartidas al interior de los hogares. En palabras más sencillas, haría mucho más difícil para los hombres el lograr escapar de nuestras obligaciones en ese campo. El cambio social y cultural de atreverse a algo así puede ser simplemente maravilloso.

José Luis Arce