Francisco Villalobos

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Martes 23 Noviembre, 2010


Nicaragua pobre, Nicaragua armada


Carecer de un ejército implica, necesariamente, apostarle al derecho internacional y asumir el riesgo que representa defenderse de agresores sin más que la buena fe y la creencia absoluta en las instituciones del derecho internacional. Ya veremos si la Resolución de la OEA y acudir a tal instancia primero, fue o no un paso acertado, pero es nuestra obligación en este momento apoyar los esfuerzos que nuestras autoridades diplomáticas llevan a cabo y no es prudente criticarlas. Nuestro país ha sido agredido por el gobierno de un desafortunado pueblo, que debe lidiar no solo con su pobreza, con su falta de esperanza, con la demagogia y la mentira de sus gobernantes sino además, con un ejército que como sabemos y lo ha demostrado, la mejor parte de su oficio la ha empleado históricamente en —como decía Don Pepe— disparar para adentro. Nicaragua, un país con hambre, que expulsa a sus pobres y los obliga a arrastrar su miseria hacia el sur, se da el lujo de gastarse casi 3 millones de dólares más en su ejército para iniciar una campaña en contra de un vecino que no tiene fuerzas armadas. Yo no puedo sentirme más feliz de pensar que mi hijo nunca sería reclutado por un loco de turno, para invadir otro país o para defender cierto interés particular antes o después de algún proceso electoral. Es, como acertadamente han dicho algunos, el momento de reflexionar sobre la importancia de no tener ejército, paradójicamente, es el mejor momento para no echarlo de menos. El presupuesto del ejército de Nicaragua oscila entre un 0,60% y un 0,70% del PIB —Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), Yearbook: Armaments, Disarmament and International Security— y Brasil, que encabezó el gasto militar de la región en 2009, gasta un poco más del doble, 1,5% (EFE, 1-6-2010). Nicaragua sin embargo solo gasta un 2,47% del PIB en educación (El Nuevo diario 17-9-2010 ). Estas cifras nos dicen y recuerdan por quién estamos siendo agredidos y qué importa más a los gobernantes de ese país. Nosotros decididamente debemos apostar a la creencia en el sistema de derecho internacional público y en sus instituciones políticas y jurídicas, pues residen ahí nuestra fuerza y nuestra razón. El aumento decidido a la inversión en educación y al aumento de dos puntos de recaudación del PIB para erradicar a las personas que viven bajo la línea de indigencia, 7% en comparación con el 42,4% de la población de Nicaragua (Barreix, Bes, Roca) es el camino adecuado y nunca invertir ni un centavo en gasto militar, a pesar de los agresores, a pesar de los absurdos, a pesar de los nuevos dictadores con ropaje de elecciones populares. Debemos trabajar en reforzar, como recordaba Rodolfo Cerdas, las instituciones diplomáticas, reforzar nuestros votos en la institucionalidad internacional, echar mano a todo recurso en tal sentido disponible y nunca, por nada, acariciar la idea de un ejército o una salida armada a este desafortunado conflicto. Tampoco es este un conflicto que se resuelva con matices de nacionalismo extremo y xenófobo, incitado por alguna prensa irresponsable. No estamos en guerra, estamos siendo molestados por un necio de la política regional, tan cambiante en sus posiciones como en sus padrinos militares. Yo me siento orgulloso de vivir en un país que invierte en su gente, que tiene indicadores en salud y educación de primer mundo, cuyos jóvenes trabajan desarrollando cohetes espaciales, donde se investiga en cerebros de computadoras, donde los policías no andan en tanquetas militares. Pobre Nicaragua, tan pobre y tan armada.