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Sábado 25 Mayo, 2013

Hay una valentía innegable en el que habla pese a tanta urgencia de silencio, y también la hay en quien escucha y, sobre todo, actúa en consecuencia


Le recomiendo callarse

El silencio es ese espacio necesario —mental, no físico— para repensarnos, para asimilar el mundo propio y ajeno. Pero ha de nacer de una disposición interna, pues si es impuesto por alguien más, se convierte en otra cosa.
Cuando el silencio se exige es violencia, es negar al hablante, al animal con palabras —en el entender de Debravo—, es prohibir lo humano.
Me refiero a la mordaza que ponemos al que ha visto, a quien se enteró de algún detalle turbio, a quien tiene una causa justa para levantar la voz.
Le sugerimos que calle, por su bien o por el nuestro, para que no se muevan las tranquilas aguas en las que nos ahogamos todos. Pues si hay personas incómodas, son precisamente las que tienen la verdad en la boca, las que nos acusan y señalan las falencias que no queremos ver o que otros vean.
Excusas sobran: ¿para qué meterse en problemas?, ¿para qué exponerse al enfado de la gente? Si al final la cadena se revienta por el eslabón más débil, es decir, al que dejamos solo para salvar el pellejo propio.
Que calle el pobre abandonado, la víctima de agresión o acoso, el testigo del crimen, el que descubrió al corrupto, y al que escribió estas palabras, también lo callaremos. Porque al silenciar a uno, se alecciona al resto.
La imposición del silencio es un arma del cobarde, que no quiere enfrentarse contra palabras, razones y argumentos. De quien prefiere mantener la basura bajo la alfombra y la infección dentro del cuerpo. Pero lo que calla la boca lo grita el alma, lo necesita la Patria, lo exige la justicia.
“A veces, quedarse callado equivale a mentir —dijo Unamuno (a un alto precio)—. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”, pues el que sabe y calla es cómplice, pero más lo es quien acalla a los demás, por un medio u otro.
Quien mueve los labios en afán de denuncia siempre empieza con desventaja, pues se enfrenta con alguien seguro tras su poder, sus contactos, el sistema o el secreto y se refugia bajo la sombra de una masa desinteresada y evasiva; que hable otro… y pague su atrevimiento.
“Grande es la verdad —sentenció Orwell—, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad”; para defender las apariencias, asegurar prestigio o evitar inconvenientes y explicaciones. Pues es más sencillo silenciar al que advierte el problema, que intervenir en su fuente.
Hay una valentía innegable en el que habla pese a tanta urgencia de silencio, y también la hay en quien escucha y, sobre todo, actúa en consecuencia.

Rafael León Hernández

Psicólogo