Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 7 Agosto, 2014

Queda la semilla que sembró Pinto, lo positivo de sus enseñanzas y líneas de pensamiento, con un equipo lleno de méritos y prometedoras perspectivas


De cal y de arena

La fiesta que pudo no haber sido

Keylor Navas Gamboa, del Valle de El General a la altiva meseta castellana. Por aquí inicialmente en las mejengas donde se gana la familiaridad con el balón y se improvisa en medio del desorden. Y por allá y ahora, en el clímax de la exigencia y de las más depuradas técnicas del balompié moderno.
Es envidiable su descollante carrera coronada con su incorporación a uno de los grandes clubes del mundo, meritoriamente porque así se lo ganó tras calificársele como el mejor arquero de la última edición de la Liga Española y uno de los mejores en el campeonato mundial de 2014. Keylor es parte del magnífico semillero de jugadores solícitamente cultivado y formado, un oasis que despierta la atención de otras asociaciones sedientas del concurso de futbolistas habilidosos como estos que nos representaron en Brasil.


Afortunadamente los 23 tripulantes salieron indemnes luego de atravesar el estrecho de procelosas aguas en que corrió peligro de naufragar el navío de la selección, en cuyo puente de mando se vivieron días de tormentosos zafarranchos entre la oficialidad.
Es evidente que esa enrarecida atmósfera la vivieron Keylor y sus compañeros, víctimas pasivas de un director técnico que conducía sus relaciones humanas como un perfecto patán y de una argolla de dirigentes incapaz de imponer respeto y de mantener a buen recaudo las caras normas de la buena conducta interpersonal ante aquellos desafueros.
Hay que atribuir a los jugadores la virtud de saber sobreponerse a las perturbaciones de aquel clima, sin la cual de seguro el desempeño de la selección hubiese sido de montón, con Keylor incluido.
Franco, directo, exigente, disciplinado, sin horarios (virtudes a las que el costarricense promedio es refractario) a Jorge Luis Pinto no puede negársele el reconocimiento a su capacidad para armar este equipo y para obtener los envidiables rendimientos con que se culminó en un envidiable octavo lugar en la máxima competencia del balompié mundial.
Queda, empero, la amarga experiencia de su torpe y grosero trato con su entorno, ante el cual hubo una dirigencia de la Fedefútbol que se desentendió de actuar a tono con el superior interés de cautelar la armonía, una vez advertida de las tensiones internas incubadas por las deslealtades, traiciones y atropellos a la dignidad personal que se destaparon como invitados de piedra capaces de arrastrar el convite a un velorio.
¿Cuán cerca, cuán lejos estuvimos de una conflagración? Y los periodistas, ¿cómo falló la prensa deportiva al no advertir estos hechos, en omisión resultante de impericia profesional o de silencio comprometido por las cercanías con la fuente, algo totalmente vedado al informador?
Pasado el tornado, queda la semilla que sembró Pinto, lo positivo de sus enseñanzas y líneas de pensamiento, con un equipo lleno de méritos y prometedoras perspectivas. Todo, desde luego, sujeto a que en esos ámbitos no hagan las de las vacas por no saber manejar el éxito. Por dicha estamos celebrando el triunfo de Keylor.
 

Álvaro Madrigal