Vladimir de la Cruz

Vladimir de la Cruz

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Miércoles 19 Julio, 2017

Pizarrón

La sombra de la segunda vuelta electoral

He insistido en mis comentarios y opiniones que todos los partidos políticos deben luchar por ganar en la primera ronda electoral, que ninguno debe planear, en su estrategia, cómo incrustarse en la segunda ronda, como está sucediendo en el discurso de algunos candidatos y estrategas de campaña, en caso de que llegara a haberla, y he sostenido que el candidato y partido político que así lo manifieste para mí ya perdió, y que trabaja para perder.


En ninguna actividad humana nadie se prepara para perder, para ir al segundo o tercer lugar. Todo el esfuerzo se realiza para la victoria, para salir triunfador en el reto planteado, en la meta propuesta, en el objetivo por alcanzar.

El lugar que se ocupe en la competencia, en este caso electoral, será determinado por el esfuerzo organizativo que cada partido realice en todo el nivel de su competencia, nacional o provincial, presidencial o diputadil, por la capacidad de articular a las personas en estos propósitos, especialmente a los activistas partidarios, voluntarios o contratados, por la claridad de metas que tengan, por los objetivos políticos que se propongan ir alcanzando en el curso o etapas del proceso electoral, por el diseño estratégico que se esboce y planifique, por la escogencia de los contrincantes principales a vencer, junto con el diseño táctico propagandístico que se elabore.

Me preguntan, con frecuencia, sin embargo, ante esos comentarios y artículos que así los recogen los medios de comunicación, sobre la posibilidad de que en este proceso electoral pueda haber segunda ronda.

La segunda vuelta electoral está establecida en el proceso electoral costarricense desde 1949, cuando se aprobó la Constitución Política vigente, y como tal es una posibilidad, que ya se dio en dos ocasiones, 2002 y 2014.

Hasta 1948 no existía esta figura procesal y electoral. Los resultados electorales se entregaban al Congreso de la República que debía aprobarlos o improbarlos.

Dos situaciones históricas pueden recordarnos este procedimiento. La elección de 1914 cuando participaron los candidatos Rafael Yglesias Castro, Máximo Fernández y el Dr. Carlos Durán, sin que ninguno de ellos hubiere obtenido los votos necesarios para su designación. Al no existir tampoco acuerdo político en el Congreso para escoger el presidente entre estos tres candidatos, el Congreso procedió, para lo que estaba facultado constitucionalmente, a nombrar a los designados a la presidencia, equivalente a los vicepresidentes actuales, y una vez nombrados procedió a llamar a uno de ellos, a Alfredo González Flores, para que ejerciera la Presidencia de la República, sin que él hubiera participado como candidato en la campaña electoral de 1913.

El otro caso fue cuando en las elecciones de 1948, en las circunstancias que se dieron, cuando se conoce el Informe de las elecciones en el Congreso, este procede a anular las elecciones presidenciales y dejar válidas las de diputados, lo que fue la causa final de la insurrección político militar que José Figueres estaba preparando, que terminó en lo que hemos llamado la Guerra Civil de 1948. Por eso Figueres al triunfar anula la elección de diputados y reconoce la elección presidencial, en cuyo nombre se hizo la Revolución del 48 y, por ello, al terminar la Junta de Gobierno y entregarle la Presidencia a Otilio Ulate, para el periodo 1949-1953, solo se convocó a elecciones parlamentarias para completar la institucionalidad democrática de los poderes públicos. Y a partir de 1953 se normalizó el proceso de elecciones hasta hoy en procesos electorales simultáneos de presidente y diputados.

Es importante señalar que en el tercer gobierno de Ricardo Jiménez Oreamuno, 1932-1936, se había hecho una reforma electoral de mucha relevancia para los procesos históricos posteriores. Hasta ese momento se necesitaba para ganar las elecciones el 50% de los votos a favor. Esto daba el pase para que el Congreso simplemente avalara en la práctica el Informe electoral que conocía. Cuando ese porcentaje no se lograba se procedía a la negociación política para el nombramiento del presidente, como fue el caso de la elección de 1913-1914. Y así se dieron muchas elecciones, con resultado negociado en el Congreso.

La reforma del gobierno de Ricardo Jiménez consistió en validar el proceso electoral y declarar ganador al partido y candidato que hubiere obtenido el 40% o más de los votos emitidos.

A partir de entonces, y hasta hoy, este porcentaje del 40% se ha mantenido, y ha sido el factor más determinante de validación del proceso electoral. Igualmente ha facilitado, la designación de presidentes desde 1936 hasta 1948 y desde 1948 hasta hoy. Si ese porcentaje electoral no se hubiera establecido en el 40% y hubiera quedado el 50% anterior a 1936, casi todos los procesos electorales, posteriores a 1953, hubieran ido a una segunda ronda electoral, porque en casi todos ellos la elección se resolvió con partidos que lograban más del 40% y menos del 50% de los votos emitidos a su favor.

La Constitución de 1949, siguiendo este criterio estableció la posibilidad de ir a una segunda ronda entre aquellos dos partidos, que no habiendo obtenido el 40% de los votos válidos en la primera ronda, tuvieran el más alto porcentaje. Y, para darle estabilidad al proceso electoral mismo, igualmente dispuso que en esa segunda ronda ganaba el que obtuviera mayor cantidad de votos. Es decir, en esta segunda ronda no juega el porcentaje del 40% de votos válidos. Basta la simple diferencia de un voto, sin importar el número de ellos, y sin importar que en esa segunda vuelta los dos partidos que entran a jugar estén por debajo del 40% de votos válidos, o con votación inferior a la primera vuelta electoral.

Con esta Constitución, y el Código Electoral que venía desde 1946, con sus reformas posteriores hasta la última integral de 2009, se han realizado 16 procesos electorales presidenciales, empezando en 1953 y 17 de elección de diputados, considerando la de 1949. El próximo proceso electoral de 2018 será el 17 presidencial y el 18 de diputados.

En todos estos procesos electorales ha habido una gran estabilidad, en sus resultados, independientemente del abstencionismo de cada proceso. La democracia nacional ha sido estable con el sistema electoral en su funcionamiento. No ha habido traumas de decisión electoral que tuviera que resolver políticamente el Congreso, o la Asamblea Legislativa, como era antes de 1948, o el propio Tribunal Supremo de Elecciones. Ni siquiera los procesos electorales de 1966 y el de 2006, que por sus resultados fueron tensos por el número de votos del ganador. La fortaleza de la institucionalidad electoral, representada por el Tribunal Supremo de Elecciones, ha contribuido a ello, y la confianza pública con la que hasta hoy ha contado.

Pero, establecido el mecanismo de que si ningún partido lograba el 40% de votos en la primera ronda, que está fijada para el primer domingo de febrero del año electoral, entonces se pasaba a la segunda ronda para el primer domingo de abril siguiente, este no había sido necesario aplicarlo hasta que se dio la elección de 2002, cuando a la segunda vuelta fueron llamados a participar Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana, ganando en esa ocasión la presidencia el Dr. Abel Pacheco. Pasaron luego dos gobiernos liberacionistas, 2006 y 2010, para que se volviera a repetir una situación similar, donde a la segunda ronda de la elección de 2014 fueron llamados a participar Liberación Nacional y el Partido Acción Ciudadana, ganando la presidencia el actual mandatario, Luis Guillermo Solís.

De esta manera, el mecanismo que produce gran estabilidad al proceso político, de ir a una segunda vuelta, con solo dos partidos, y con cualquier número de votos en su resultado para asegurar su triunfo, solo dos veces se ha empleado desde 1953, y no de manera continua.

ntre un proceso de segunda vuelta y otro trascurrieron dos gobiernos. Así, no se puede establecer una regla que porque ya hubo una segunda vuelta, en el siguiente proceso electoral debe repetirse la segunda vuelta. Es decir, que si en 2014 hubo segunda vuelta electoral, no necesariamente en 2018 tenga que haberla. No hubo segunda vuelta en 2006 ni en 2010. Esto va a depender de lo que afirmé al principio de este comentario.

En la elección de 2002 participaron 13 partidos y solo dos llegaron a la final de la segunda vuelta. En la elección de 2014 también participaron 13 partidos y solo dos llegaron a la final en la segunda vuelta.

La diferencia de ambos procesos era que en la elección de 2002 se disputaba la repetición, la reelección de la Unidad Social Cristiana en el gobierno para un duplo continuo de ocho años desde 1998 hasta 2006. En el caso de la elección de 2014 la situación era cualitativamente diferente. Se trataba de llevar por tercera vez consecutiva en el ejercicio del gobierno a Liberación Nacional, que ya venía gobernando desde 2006 y 2010, y tres gobiernos seguidos de un mismo partido desde 1953 nunca se habían dado.

La última vez que se dieron tres gobiernos seguidos, de un mismo presidente, fue entre 1849 y 1859, cuando fue electo Juan Rafael Mora Porras.

En la elección de 2018 estamos en una situación similar a la de 1998, un partido, como Acción Ciudadana, que disputa la reelección por primera vez, y un número de partidos con candidatos presidenciales que puede oscilar entre 13 y 17. Pero, tenemos dos partidos, Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana, que han gobernado el país, que quieren volver a gobernar y que saben perder elecciones, y que en estas derrotas han estado fuera de gobierno hasta ocho años o más. En el caso de Liberación Nacional estuvo fuera de gobierno desde 1998 hasta 2006, y la Unidad Social Cristiana desde 2006 hasta 2018.

Ambos partidos, Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana, con sus convenciones abiertas pudieron poner en tensión su estructura partidaria en todo el país, medir sus fortalezas y debilidades, y contar para las elecciones de 2018 la imagen de su base mínima electoral, que resultó de sus convenciones, teóricamente dura, la que va a ir a votar, la que va a ir a moverse por obtener los votos para triunfar.

Esfuerzo similar realizó, en convención abierta el Partido Acción Ciudadana. Estos tres partidos llevan esa ventaja. Un poco se suma, por el carácter de la convención cerrada, la del Movimiento Libertario que le permite fichar su base activa. No es igual para los partidos que resuelven sus candidaturas en asambleas nacionales donde votan un mínimo de 70 asambleístas y un máximo de 200, cuando incorporan representantes de movimientos y sectores partidarios.

Todos los partidos saben que hay 3.200.000 electores, que si se produce un abstencionismo del 30%, como ha sido en términos generales desde 1998, votarán 2.200.000, y que sobre este electorado tienen que lograr el 40% de votantes para asegurar su triunfo, una cifra que ronda los 880 mil votantes. Es una cifra alta, difícil de alcanzar para todos los partidos pero no imposible. En la elección de 2010 Laura Chinchilla prácticamente la logró casi duplicando en número de votos a sus principales contendientes que le siguieron.

Desde este punto de vista es que sostengo que el próximo proceso electoral se puede resolver en la primera ronda, el primer domingo de febrero. Si todos los partidos trabajan en esa dirección se logra resultado ese 4 de febrero.

No hay a la vista una amenaza de un tercer gobierno de un mismo partido de manera consecutiva, contra la cual toda la sociedad política electoral estuviera luchando. Hay tan solo la amenaza de otro gobierno del Partido Acción Ciudadana, que ha decepcionado mucho. Un segundo gobierno del Partido Acción Ciudadana tan solo igualaría a este partido con Liberación Nacional y con la Unidad Social Cristiana, en que con ellos serían los únicos partidos que han logrado dirigir el país dos veces consecutivas, y se institucionalizarían como el tripartidismo nacional. Frente a esto también existe la amenaza real, para los otros partidos, que Liberación Nacional o la Unidad Social Cristiana vuelvan al Gobierno.

La segunda ronda no debe verse con temor, es tan solo la posibilidad de que pueda darse. Si hay sentimientos de cambio en el electorado, hasta hoy, es la de cambiar de partido gobernante, no la de continuar con ese cambio prometido en 2014, lo que afecta más al mismo Partido Acción Ciudadana, y favorece más, a los otros partidos, especialmente a Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana.

No hay a la vista, al menos hoy, otros partidos que ilusionen con estar en la disputa del primer lugar, más que estos. Y sería un error, para mí, que estos, especialmente Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana, traten de meterse en esta posible segunda ronda con partidos menores, improvisados para esta campaña, artificialmente levantados porque se considere por sus grupos estratégicos más fáciles de derrotar.

La segunda ronda polariza a todos los partidos que no entran en ella contra el que se considere el contendiente más peligro y necesario a derrotar. Así sucedió en 2002 y en 2014. No hay enemigo pequeño.

Así, a quienes me preguntan sobre la segunda vuelta, debo decir que existe desde 1949, que solo dos veces se ha realizado, y no de manera consecutiva, que en tanto exista como figura electoral es una sombra que pesa en todos los procesos electorales, y que las elecciones que están en marcha tienen también esa sombra.

El domingo 4 de febrero puede salir luminoso, con un triunfador definitivo, o convertirse en un nubarrón o tormenta para algunos, y en un nuevo proceso electoral corto para dos partidos y dos candidatos.

Este escenario climático electoral tal vez se perciba con mayor claridad en enero y no antes, salvo para aquellos agoreros que están invocando desde ahora la segunda vuelta y para los enterradores de sus propios partidos que trabajan por no ganar el 4 de febrero.
Sigo sin ver, hasta hoy, esa segunda vuelta, aunque sí veo y oigo agoreros y veo enterradores empezando a cavar sus propias fosas electorales y hasta escogiendo a sus propios sepultureros.

Para estos agoreros y enterradores solo señalo que en las únicas dos segundas rondas que se han dado, en ambas, ha participado el Partido Liberación Nacional, con lo cual si creen que va a haber segunda ronda en 2018, con esta ruta histórica, lo más probable es que Liberación Nacional repetirá como uno de esos partidos.

Entonces, qué es más importante, para todos los partidos: ¿desplazar al Partido Acción Ciudadana de la Casa Presidencial en la primera ronda? ¿O evitar que Liberación Nacional pueda llegar a la segunda ronda, no al triunfo en la primera?
¿Ganaría en 2018 en segunda ronda Liberación Nacional? Esta es otra historia. En febrero veremos.