Vladimir de la Cruz

Vladimir de la Cruz

Enviar
Miércoles 9 Agosto, 2017

La generación de los NO votantes y la generación Z

Pizarrón

Los no votantes de Costa Rica se ubican en los llamados abstencionistas de los procesos electorales.

Históricamente, desde los procesos electorales que se iniciaron después de la Guerra Civil de 1948, y de la Junta de Gobierno, 1948-1949, especialmente a partir de 1953 donde armonizaron las elecciones, entonces de presidente y vicepresidentes, de diputados y miembros de las corporaciones municipales, celebrándose, de manera ininterrumpida cada cuatro años, siempre ha habido una población de electores que no llega a votar, que no se presenta a las urnas, que conscientemente decide no darle su apoyo a ningún candidato ni partido de los que se ofrecen a los electores.

En algunos de estos 16 procesos electorales, entre 1953 y 2014, ha habido altos índices porcentuales de abstencionismo. En otros no tan altos. Hasta las elecciones de 1994 los índices promedio de abstencionismo giraron alrededor del 18%, pero en los procesos electorales desde 1998 hasta 2014 el abstencionismo superó el 30%, para un total histórico de promedio de abstencionismo electoral, desde 1953 hasta 2014, que ronda el 22%. Visto así pareciera no ser tan grave. Podemos desear que los abstencionistas sean menos, pero este no es un problema emocional de deseos, es de actitud ante la política, que sí debe importar, ante el proceso electoral, ante los partidos políticos y ante los candidatos o quienes se presentan como líderes políticos de estos partidos con aspiración presidencial.

Esa masa de abstencionistas, he sostenido en distintos momentos, lo he escrito y opinado por medios audiovisuales, es tan solo indiferente al proceso electoral, en tanto no siente que los partidos políticos o sus candidatos signifiquen una amenaza a su propia condición de ciudadanos, o a su condición socioeconómica. De esta manera son pasivos ante el proceso electoral y pasivos ante su resultado. Pero esta pasividad se suma positivamente al término de las elecciones, prácticamente desde el momento en que se da a conocer quien es el ganador presidencial, y de cómo quedó constituida la Asamblea Legislativa, al resultado de todo el proceso, y se suma, aunque parezca un absurdo a consolidar al ganador.

De hecho el ganador electoral, una vez que los resultados dan la victoria, y no hay posibilidad de cambiarlos, por las primeras informaciones sobre los mismos, y por los reconocimientos que los mismos candidatos perdedores hacen del ganador, el proceso electoral como un todo se consolida, y todos los votantes, sumados, le dan validez y legitimidad al proceso electoral mismo. Quedan a descubierto, en ese momento, estos abstencionistas, que también validan con su pasividad todo el proceso, de hecho se suman a cualquiera que sea el ganador, al candidato y a su partido ganador. Por ello, los procesos electorales en Costa Rica tienen tanta fuerza institucional, y prácticamente al día siguiente de las elecciones, la sociedad en su conjunto amanece tranquila, en calma, como si nada hubiera pasado en los días anteriores a ese domingo electoral.

La expectativa empieza a montarse, a partir de ese momento, en cómo se integrará el próximo gabinete presidencial.

Estos no votantes, estos abstencionistas, no constituyen en sí mismo una generación de no votantes. Pueden variar de un proceso electoral a otro. Lamentablemente no tenemos como comprobarlo, o pudiéndose hacer sería un trabajo muy tedioso comparando todo el padrón electoral de varios procesos electorales. Se puede, para un proceso electoral concreto, por las listas de votantes, sacar quienes no votaron y con ello saber que los más altos índices de abstencionistas se dan en las poblaciones electorales de más baja edad y en las de mayor edad.

Al decir que no son una generación de no votantes es porque ellos, en sí mismos, no pertenecen a un mismo rango de edades con las cuales se definen las llamadas generaciones poblaciones, sino que los abstencionistas pertenecen a todas las edades, aunque se concentren en esos dos polos.

Por ahora solo los conocemos como los abstencionistas.

Son un reto también para los estrategas de los partidos políticos, porque con ellos se pueden hacer cálculos de si son tantos abstencionistas se puede producirse un X resultado, si son otros tantos puede producirse otro X resultado, o se calcula, como se está haciendo ahora, si habrá segunda ronda o no en función de estimar el número de abstencionistas.

Los abstencionistas en urna, los que se presentan a votar y no le dan el voto a ningún candidato ni partido, son los que rechazan claramente a todos los partidos y candidatos. Han emitido un voto válido, presentarse al recinto electoral, identificarse como electores, recibir las papeletas para emitir el voto, no dárselo a ninguno, por las razones que sean, solo que a este elector no se le reconoce la validez de su voto en blanco, de devolver la papeleta en blanco, porque ni siquiera tienen una casilla electoral donde expresar ese sentimiento antitodos. Tan solo se registra el número y el porcentaje que significan, fuera de la contabilidad oficial, para definir la elección, porque la elección se reconoce sobre votos válidamente emitidos a favor de los candidatos o partidos.

Los votos nulos tienen una doble dimensión. Aquellos que intencionalmente se anulan y aquellos que por alguna circunstancia del momento de votación producen en la papeleta algún signo que indique que el voto está mal emitido a favor de un candidato y partido, y producen duda de a favor de quién está el voto. Los que intencionalmente anulan su voto es porque son antitodo conscientemente, antipartidos y anticandidatos, en cierta manera antipolítica aunque se presenten a votar de esta manera.

Tenemos otro grupo o generación de no votantes, los menores de edad, que son excluidos totalmente del padrón electoral, y son prácticamente casi una tercera parte de toda la población. Estos podrían constituir una generación porque abarca el grupo menores de 18 años. A los efectos comerciales, de mercado y marketing, están considerados como la generación Z.

Actualmente el Registro Civil emite una cédula juvenil desde los 12 años hasta los 17 inclusive, que sirve a estos jóvenes para muchos propósitos. Bien podría, y seguramente hacia eso vamos, que se extienda una cédula desde la edad escolar, de primero a sexto grado. Si así fuera constituiríamos generaciones por estos rangos de edad de menores.

Electoralmente, el mismo día de las elecciones se habilitan algunas escuelas con recintos electorales para que estos niños, especialmente se orienta hacia los niños, asistan al proceso electoral nacional, con sus propias opiniones, a votar por el candidato y partido de sus simpatías. Además, se han instituido oficialmente elecciones de gobiernos estudiantiles desde la escuela. Esta, sin lugar a dudas, es una manifestación de educación democrática, de formación cívica y de ejercicio de derechos ciudadanos y políticos que se enseña desde la infancia, en perspectiva de formar mejores futuros ciudadanos, responsables ante sus deberes cívicos y políticos. Aun así, los índices de votación en estas participaciones infantiles o de menores de edad es bastante baja, por más entusiasmo que muestren sus padres que sí votan.

Ahora bien, dentro de estos menores de edad, tenemos una generación llamada Z, que corresponde a los que nacieron a partir de 2001, que no son votantes. La generación Z la conciben como un solo grupo de nacidos a partir de ese año.

Se les llama también “nativos digitales”, o generación V, de virtual, y hasta nueva generación silenciosa porque nacieron con los nuevos conflictos mundiales del siglo XXI, con la Internet, con todas las redes y accesos que ofrece esta Internet, con toda su tecnología, mensajes instantáneos, SMS, celulares, iPod, iPad, Notebook, Kindle, Google Maps, y saben usarlo, capacidad para conectarse de cualquier manera, hasta para llamar un Uber.

La tecnología con que nacieron y manejan les es fundamental para su vida, han dejado de leer libros físicos para leerlos electrónicamente, con sus ibooks, son las personas o jóvenes que se entretienen con juegos electrónicos, con YouTube, con Netflix, Skype, saben bajar apps, son fotógrafos electrónicos, saben hacer compras electrónicas, tienen su propia música en los celulares, o en sus aparatos electrónicos, que la oyen con audífonos, manejan su propio Facebook y FaceTime, sus accesos a la información, que prácticamente es abierta por medio de Google, Google Plus, y lo que les ofrezca Safari, Twitter, Instagram, tienen comportamiento online etc. Son capaces de mantenerse pegados a los aparatos electrónicos por muchas horas, incluso de la noche. Saben informarse por Internet cómo hacer compras. Se mueven fácilmente por redes sociales y los espacios virtuales.

Obviamente son personas que no han ingresado al mundo laboral pero forman parte del gran mercado de consumidores de todo tipo de productos, entre ellos los políticos.

Todos mis nietos forman parte de esta generación Z, los tengo entre los 13 años y los ocho meses.

El de 13 años es un experto en todos estos aparatos y tecnologías. Prefiere leer libros electrónicos que físicos. Me ha dado una gran lección de su situación generacional Z recientemente, en que pude compartir ocho días intensos por un viaje que hicimos, él y yo. Era el que estaba al tanto de cómo resolver en un aeropuerto, donde ya casi no hay personal, cómo hacer los trámites de abordaje, de solicitar el chequeo de tiquetes en una computadora especial, de sentarse en un restaurante donde ya no hay meseros sino una pantallita que se activa y desde allí se ordena el menú, y se puede uno meter en el mundo mientras llega la comida, y se paga allí mismo la comida, el que estaba dispuesto a usar y a llamar un Uber cuando se podía usar un taxi, y quien trataba de convencerme de que es mejor usar Gmail que Hotmail, dándome razones, casi pintándome como un dinosaurio por estar yo en Hotmail.

André, como se llama mi nieto, tiene bien definido qué quiere estudiar y en cuál universidad le gustaría graduarse. Por ahora lo apasiona la ingeniería aeronáutica. Tiene una mentalidad dotada para las matemáticas. Está dos niveles arriba de su nivel escolar natural, gracias a la inteligencia de sus profesores que han sabido entender esta destreza y le han permitido avanzar en el campo de las matemáticas más allá de su nivel básico, correspondiente a su edad, asistiendo a los grados superiores en la materia de matemáticas. Ha encontrado un límite en su ascenso matemático por el sistema escolar, no tanto por el reconocimiento que le hacen sus profesores que le han estimulado y apoyado y parece que ya no le permiten subir más, aunque pueda hacerlo. Como típico generación Z a veces es difícil captar su atención, pero cuando se conecta, él es el que quiere mandar y llamar la atención.

André es inquieto, también, más allá de sus matemáticas. Le interesan los temas políticos, de la alta política mundial especialmente. Sigue de cerca los acontecimientos de Estados Unidos y de Trump, que no le gusta para nada, sigue apasionadamente a Putin, con alarma de sus padres, no de su abuelo, tiene interés por lo que pasa en Venezuela, en Corea del Norte, mantiene intensas discusiones acaloradas con sus padres, donde ha puesto al abuelo casi de árbitro, donde él expresa sus propios puntos de vista, a veces no muy bien fundamentados por falta de información. Pero es como una esponja en este sentido, todo lo quiere saber, hasta de personajes que su abuelo ha conocido, que él lo sabe o porque lo ha oído. Ante una compra de un regalo que quería hacer para su hermana, Elena, de seis años, de una muñeca, categóricamente me dijo: a Elena eso no le va a gustar, a ella le gustan las cosas que la hagan pensar.

También de Costa Rica le interesa la política. Pregunta sobre candidatos y partidos, sobre quién puede ser más bueno o mejor en la carrera presidencial. En este punto me parece que esta generación Z, al menos los del ranking de edad superior a los 13 años y menores de 18, si por mi nieto los veo, creo que pueden ser una generación futura de ciudadanos interesados en las cosas de la comunidad, del país y del mundo. Y, que de seguir así, probablemente sean ciudadanos más informados que reduzcan el abstencionismo que hoy se da entre los más jóvenes votantes.

De mis otros nietos, excepto el de ocho meses, Nico, todos se mueven con estos aparatos, con menos destreza que André, pero ya incursionan en ello. Hay que ver, en el otro extremo de André, a Marco, de un año y ocho meses, un niño bien independiente, respetuoso de los demás, y de sus hermanos, pero defendiendo su propio espacio, manejando un teléfono, buscando en él los programas que puede ver, bajándolos, viendo el álbum de fotos, defendiendo sus posesiones y lo que siente que le es propio, y aunque aún no habla se hace entender perfectamente y todo lo entiende. Ya tiene gustos bien definidos. Es sumamente sociable y quiere manejar los aparatos electrónicos de su abuelo. Junto con sus hermanos, Julián y Luca, se entretiene con alto nivel de concentración viendo programas que les escojo informativamente ricos para sus edades y estimularles su imaginación. Mis otras dos nietas, Emma y Constanza, ambas, son altamente sensibles, femeninas en toda la línea, expresivas, con gran capacidad de liderar.

¿Serán así la próximas generaciones de costarricenses, que hoy no votan, que empezarán a votar después de 2026? Y los candidatos, ¿entenderán a esta juventud que asciende?