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Judas Priest y Whitesnake encendieron el Estadio Nacional
Las bandas británicas ofrecieron un espectáculo único e inolvidable para poco más de 10 mil roqueros

Qué difícil es escribir una crónica de un concierto cuando no hay telonero, sino dos actos principales. La única diferencia entre Whitesnake y Judas Priest, el martes en la noche en el Estadio Nacional, fue la duración de los setlists. Fuera de eso, el espectáculo que dieron fue, sencillamente, memorable.
Empecemos por Whitesnake, simplemente por seguir el orden de aparición en el escenario. Con un stage sobrio, sin mayores sobresaltos y dispuesto simplemente para hacer y disfrutar la música, a las 7.37 p.m. empezó a sonar por los altoparlantes la clásica “My generation de The Who”, como preámbulo a “Best years”, de su disco “Good to be bad”, de 2008.
Ya para el final de la canción, David Coverdale, por cuyo cuerpo pasan los años pero no se llevaron su voz, tenía al público en el bolsillo. Le siguió el clásico “Give me all your love”, del disco que los devolvió por segunda vez a la fama en 1987, con una tibia respuesta del público. “Love ain’t no stranger”, del “Slide it in”, donde la audiencia poca pero sustanciosa ya se empezaba a hacer sentir. “Is this love” generó un coro enorme de unas 10 mil personas y luego entramos ya al disco que promociona el grupo actualmente, “Forevermore”, con la canción “Steal your heart away”. Le siguió la enorme balada “Forevermore”, que Coverdale les dedicó a sus fans en todo el mundo y que, la noche del martes, nos fue dedicada a quienes ahí estábamos.
Unos impresionantes Reb Beach y Doug Aldrich (este último literalmente fuera de serie) se enfrascaron en un clásico “duelo de guitarras” para, posteriormente, tocar “Love will set you free”, cantado por el Estadio entero.
Posteriormente, y siguiendo la línea fiel y clásica de los conciertos de los años 80, el baterista Brian Tichy, quien ha tocado con Ozzy Osbourne, Foreigner y Billy Idol, entre otros, deleitó a su audiencia con un solo de batería increíble en el que, indicándonos claramente que una de sus influencias más fuertes es John Bonham, tocó gran parte solo con las manos, lanzándole los bolillos al público.
Ya quedaba poco para el final del primer acto de este magno concierto y no podía ser de otra forma que con “Here I go again” y “Still of the night”, de 1987, coreadas al máximo de lo que las cuerdas vocales nos permitían. Sin embargo, y cuando todos esperábamos que el grupo se despidiera, la era de Deep Purple surgió y cerraron el concierto con Burn/Stormbringer, coreadas, aplaudidas y bien disfrutadas por el público. Mientras el grupo caminaba por el escenario para despedirse, por los altoparlantes se escuchaba “Soldier of fortune”, otro clásico de la era Coverdale-Deep Purple. Eran las 9 p.m. y eso apenas estaba calentando.
A las 9.28 p.m. (punto alto del concierto: la puntualidad) sonaban las primeras notas de “War Pigs”, de Black Sabbath, canción que fue interrumpida a poco más de la mitad para dar paso, de una vez y sin pensarlo mucho, a “Rapid fire”, “Metal gods” y “Heading out to the highway” con lo que Rob Halford, Glenn Tipton, Richie Faulkner, Ian Holland y el extraordinario Scott Travis dieron inicio a la presentación de Judas Priest.
¡Qué difícil resumir 40 años de carrera en dos horas y media de concierto! Pues eso fue lo que hizo Judas Priest el martes por la noche, pasando por la soberbia “Judas rising”, del “Angel of retribution” (2005), devolviéndose en el tiempo hasta el “Sin after sin” con Starbreaker, retrocediendo aún más al “Sad wings of destiny” con la clásica “Victim of changes” (con una primera muestra de lo que sería el juego de láser sobre el escenario). La poco conocida, pero no por eso menos disfrutada, “Never satisfied”, de su primer disco “Rocka Rolla” siguió con la lista de clásicos para entrar con una introducción acústica, soberbia y fenomenal, del clásico Diamonds and rust, original de Joan Baez.
Del excepcional Nostradamus sonó la que tenía que sonar, “Dawn of creation/Prophecy”, con un despliegue increíble de luces láser y pirotecnia y un Rob Halford disfrazado de Nostradamus, añadiéndole un toque de misterio justo y preciso. La siniestra “Night crawler”, del aclamado “Painkiller” (disco que marcó el regreso definitivo de Halford a la alineación titular de Judas Priest, ¡y de qué manera!) siguió en la lista para lo que, musicalmente, a mi criterio fue el punto bajo del concierto, con la sintetizada y demasiado electrónica “Turbo lover” del disco “Turbo”, de 1986, y uno de los mayores éxitos comerciales del grupo en su historia.
Emprendimos de nuevo la ruta de los clásicos, de la que no saldríamos más en lo que restaba del concierto, con “Beyond the realms of death”, una balada clásica del heavy-metal, como el mismo Halford la describió, para después llegar al disco “Defenders of the faith”, y la canción “The sentinel”.
Del poco aclamado “Ram it down” salió “Blood red skies”, disco en el que todavía mantenían teclados y sintetizadores y marcó la salida de Halford del grupo, allá por 1988. El cover de Fleetwood Mac, “The Green manalishi (with the two-pronged crown)” tiñó el escenario de verde para dar paso, posteriormente, a que Halford le cediera el micrófono a su ya, desde hacía rato, extasiada audiencia, para entonar el clásico e inmortal “Breaking the law”. Un breve solo de batería del magistral Scott Travis anunciaba la llegada del “Painkiller” y el fin del concierto…¿o no?
Tras una ausencia de pocos minutos, el grupo regresó con el clásico “Hellion/Electric eye” para que, posteriormente, Halford ingresara al escenario en su imponente Harley-Davidson para entonar el clásico “Hell bent for leather” (en giras anteriores, la motocicleta salía en la canción “Freewheel burning”, que, en lo personal, me hizo mucha falta el martes). Un breve juego de canto entre Halford y la audiencia desencadenó en “You’ve got another thing coming” para un cierre extraordinario, como lo fue la jornada completa, con “Living after midnight” cantada, irónicamente, pocos minutos antes de las 12 m.n.
A las 12.04 a.m. el concierto terminó para la tristeza de las poco más de 10 mil personas que disfrutaron a más no poder 80 años sumados de música entre dos de las más legendarias bandas de hard rock y heavy metal que jamás se hayan presentado en suelo tico.

Marcello Pignataro
Para La República
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