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“Hierba mala”

• El refrito de un célebre hito de terror parece más bien una secuela de ínfima calidad

“Viernes 13”
(Friday the 13th)
Dirección: Marcus Nispel. Reparto: Jared Padalecki, Danielle Panabaker, Amanda Righetti, Travis Van Winkle. Duración: 1:37. Origen: Estados Unidos. 2009. Calificación: 2.

Dicen que “Hierba mala nunca muere”, y ello es particularmente cierto en el caso de Jason Voorhees, emblemático villano que ameniza la saga de “Viernes 13”. Esta ya cuenta con una docena de títulos, incluyendo “Freddy vrs. Jason” (2003), irónica producción con esquema de “pelea del siglo”.
Es una de las franquicias más célebres del cine de terror, y tuvo consecuencias nefastas para la evolución del género, pues consolidó la moda de las llamadas “Slasher Movies” (literalmente: películas de acuchilladores), las cuales, desde el inicio, se estancaron en una escuálida rutina de reciclaje.
La presente entrega busca alejarse de sus predecesoras, haciendo borrón y cuenta nueva. Muestra los orígenes de Jason, asesino múltiple con el rostro cubierto por una máscara de hockey, quien acostumbra masacrar turistas y mochileros, utilizando arco y flechas, hachas o preferiblemente machetes.
Quizá los realizadores pretendían concretar la cinta con más sangre y desnudos de toda la serie. Sin embargo, más allá de un récord discutible, este seudo-refrito no presenta novedades sustanciales. Más bien parece otra secuela, cuya pobreza creativa se suma a una ínfima calidad cinematográfica.
La estructura argumental es el colmo de la redundancia. Un larguísimo prólogo resume los eventos que llevaron al surgimiento de Jason. Son casi 20 minutos de matanzas brutales, que bien podrían bastar para una proyección entera. Luego, el filme arranca otra vez, con un nuevo grupo de muchachos que llegan al tristemente famoso campamento del Lago Crystal. Aquí, uno por uno, caen víctimas del implacable homicida.
Como siempre, la insignificante trama se sostiene en una hipocresía básica. Por un lado, vende sexo y violencia al por mayor; por el otro, pregona una moral conservadora. El homicida actúa como un verdugo, castigando a los jóvenes por sus pecados de promiscuidad y uso de drogas.
Debido a la inexistente definición de caracteres y unas interpretaciones deplorables, jamás se establece un lazo entre espectadores y personajes. No hay rastros de suspenso y la participación emotiva es nula.
Después de semejante fiasco, el director alemán Marcus Nispel bien podría convertirse en el gurú de los malos refritos de terror. Ya había echado a perder un clásico, con su inepta versión de “La masacre de Texas” (2003). Ahora, Nispel se supera a sí mismo, bajando los estándares de una serie que de por sí, nunca había alcanzado niveles decentes.
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