Nuria Marín

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Lunes 18 Enero, 2010


Creciendo [email protected]
Haití, un minuto de silencio

La fuerza de la naturaleza se hizo sentir en Haití como un claro recordatorio de nuestra pequeñez como seres humanos. La tierra cimbró llevándose la vida de decenas de miles, destruyendo una escasa infraestructura, poniendo una vez más a prueba los debilitados hilos de esperanza de un sufrido pueblo.
De la tragedia surge siempre la empatía, pero en el caso de Haití, la solidaridad global se convierte en un imperativo moral. Haití tiene a su haber el mérito histórico de ser la primera república negra del mundo y el primer país independiente en América Latina.
Y sin embargo, es una nación desgarrada por la violencia, la corrupción y la inestabilidad política cuyo producto más cruel es una arraigada pobreza que toca al 80% de la población.
Cruelmente esa misma condición de pobreza alimenta la debilidad institucional, la poca articulación de la sociedad civil, y la escasez en inversión pública y social lo que profundiza el impacto de la catástrofe sufrida.
Mientras escribo, mi corazón está con los miles de víctimas aún atrapadas y en sus desesperados familiares quienes han tenido que recurrir incluso a sus propias manos para tratar de ganarle la partida a la tragedia.
El tiempo sumará a las necesidades de rescate y de atención médica, las de alimentación y atención de necesidades básicas, la disposición de cadáveres y prevención dentro de lo posible de mayores enfermedades, una labor casi imposible ante las carencias de agua.
La atención de la crisis y la reconstrucción del país demandarán una quijotesca labor que tomará incluso décadas. Como todo acontecimiento en la vida, la tragedia nos brinda la oportunidad de mostrar nuestra mejor cara.
Se trata de una ventana para la región de demostrar con hechos concretos los lazos de amistad y solidaridad interamericana y de trabajar hombro a hombro en esta causa común. Estoy segura de que una vez más la bondad y solidaridad tica se harán presentes.
A un año de lo sucedido en Cinchona, se trata también de un recordatorio más sobre la necesidad de invertir en capacitación a la población y trabajar en la prevención y desarrollo de mayores capacidades de respuesta.
A escasos días de elegir a nuestras máximas autoridades políticas, es un llamado a la reflexión sobre quiénes son los y las mejores para conducir los destinos de las municipalidades, de la Asamblea Legislativa y de nuestro país.
Igualmente relevante es recordar la importancia de la unión e interacción del Estado-ciudadanía como el más fuerte instrumento para enfrentar los retos y desafíos que el futuro nos depare, teniendo siempre presente que nuestra fortaleza histórica como país ha sido el espíritu social y solidario sobre el cual se ha asentado nuestra inigualable democracia.