Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 8 Octubre, 2009


VERICUETOS
Fútbol-país

Lo realmente cuestionable de lo que pasa en el fútbol nacional tiene que ver con la influencia que esta actividad ejerce en la sociedad costarricense y, por supuesto, en la exposición que tienen sus actores frente a los ciudadanos, en especial los más jóvenes, que lamentablemente son los más influenciables y los que más devoción sienten por el deporte, sus equipos y sus participantes.
Que un jugador traído de Europa ex profeso, no acuda a la convocatoria para irse a la playa, nos tendría muy sin cuidado si no fuera por el pésimo ejemplo de falta de compromiso y de responsabilidad.
Que el entrenador de Saprissa lance chicles a la gradería y luego intente justificarlo entre risas burlonas frente a las cámaras de televisión, no sería más que un acto de muy mala educación si no fuera porque demuestra que se puede actuar mal e intentar engañar sarcásticamente al público (incluyendo sus seguidores), sin asumir los hechos como se produjeron y, por supuesto, sus debidas consecuencias.
Que el director técnico de la Liga profiera insultos a la concurrencia tampoco sería más que una grosería propia de una persona de poca cultura, si no fuera porque es una muestra pública de su divorcio total con la categoría y la envergadura que, al menos en el papel, tiene el puesto. ¿Le quedó grande la camisa?
Que un jugador de la Selección Nacional, que se supone es un icono nacional, es decir, un modelo a seguir, sea acusado de fingir una lesión para no jugar contra el equipo de su patrón (como lo aseguraron en la prensa) no sería más que una simpática travesura si no fuera porque alguien puede pensar que se puede hacer trampa en la vida y salir airoso de ella porque nadie pensó que una denuncia tan seria merecía una investigación.
Que los directores del equipo más importante del país, presuntamente, dieran preferencias en su estadio a un seleccionado extranjero y que los jerarcas del equipo nacional no iniciaran una seria y profunda indagación, sería una broma de mal gusto o un exceso de hospitalidad, si no fuera porque se nos hace pensar que para algunos el compromiso con la Patria fue superado ya por espurios intereses. Parece que no hay muchas esperanzas para los que todavía sienten la gloria de la nacionalidad y el amor a la bandera.
Que un equipo de fútbol sea acusado de emplear artes ilegítimas, o al menos inconvenientes, para poder alinear a sus jugadores sancionados y con ello obtener un campeonato nacional sin que pase nada, pareciera una diablura o una inocentada inofensiva a no ser porque ejemplifica que la dirigencia nacional sufre de apatía e indolencia terminal frente a las normas, las buenas prácticas y frente a la conducta debida.
Parece que ciertamente la descomposición social terminó por contaminar al fútbol y que la inconsecuencia se asentó en las dirigencias de los clubes y de la selección, pero también en muchos otros personajes activos de este deporte que terminaron por acomodarse para no desmerecer las prebendas de que son objeto.
Pareciera que la incapacidad de juzgar las propias acciones cuando son incorrectas y de condenar actuaciones inadmisibles de los demás cuando hay intereses de por medio, conductas que tanto nos deterioran como sociedad, son lecciones magistrales que no solo dictan algunos desde la política sino también desde el vestidor y las graderías.