Pedro Oller

Pedro Oller

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Martes 6 Septiembre, 2011


Felicidad

Escribían Jobim y De Moraes, “La tristeza no tiene fin, la felicidad sí. La felicidad es como una pluma que el viento va elevando por el aire. Vuela tan ligero pero tiene vida breve”.
Desde que se supo, así, sin preguntarnos a un montón, que Costa Rica era el país más feliz de la tierra, la duda sigue pendiente de respuesta. Políticamente esto es aplaudido, cuestionarnos censurado. ¿Por qué?
Nicholas D. Kristof argumentaba en el New York Times que nuestra felicidad se debe a razones como la abolición del ejército, nuestra ubicación geográfica, el respeto por la naturaleza y nuestra educación.
¿Qué estamos haciendo para seguir en la ruta de esta felicidad que nos atribuyen? Cambiamos poco, emprendemos menos, no hacemos olas en aras de perpetuar ese estado. En materia de felicidad somos propensos al autoengaño y se pregona en los medios sociales con frases que todos hemos leído, algunos hasta publicado, como: “más feliz no puedo estar”. Se obvia lo evidente dejando saber que estamos bien para que todo el mundo se entere pero no me cuestione.
Es como país, como persona y sobre todo, por alarde que queremos transmitir la felicidad por realidad, así tengamos carencias que exigen atención, así la procesión se lleve por dentro. Como ha escrito Coelho en su blog, se confunde estar feliz con estar ocupado y se suplanta el destino por el camino. Infeliz ecuación esa de 1-0 = yo.
Hace cuatro años, un filósofo francés de nombre Gilles Lipovetsky publicaba unos ensayos al respecto que plantean: ¿Se divide nuestra felicidad en dos, se parte por un lado en lo profesional y por otro muy diferente en lo personal? De ser así, ¿ambas rutas se encuentran en algún punto de convergencia o está la felicidad enrumbada en senderos diferentes de los que uno es caminante circunstancial que nunca se encuentra? Si agregamos el consumismo, según propone Lipovetsky, como una necesidad implícita del ser feliz en estos tiempos, en el proceso suplantamos también valores para alcanzarla.
No hay mapa para llegar a la felicidad aun cuando se quiera llegar a ella por cualquier medio. Partamos de una realidad, ese cometido ni se endilga ni se hereda. La felicidad encuentra sentido por sí sola, por su cuenta y muy lejos de la facilidad, de la comodidad o de la apariencia.
Me confieso infeliz. Lo hago entendiendo que no tiene nada de malo. Más aún, que es un prerrequisito de la naturaleza humana porque arrancamos en este mundo llorando.
No quisiera ser feliz de forma perenne porque es una generalización y ello conlleva el estar contento y ese es un estado en el que no deseo estar jamás. La complacencia como determinante de existencia no me apetece.
Se me antoja encontrarme feliz en un domingo con lluvia, junto a los míos y sabiendo que estamos bien. Sin deber ni reclamar nada, sin decir ni desdecirme. Así no más. Sin columna de martes.
Y así las cosas, entiendo que tengo mucho por dar, mucho por hacer y mucho por agradecer. Nos merecemos todos el ser feliz, encontrar la ruta, alivianar la carga. Y ser felices, así no más.

Pedro Oller