Claudio Alpízar

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Jueves 19 Junio, 2014

El Plan Nacional de Desarrollo —nombre pomposo y exagerado para un periodo de cuatro años— termina siendo “mucho ruido y pocas nueces”


Entre planes y planes: inercia  

En campaña electoral los partidos políticos promueven “planes” de gobierno, que en buena teoría, se supone deberían ser sus diagnósticos nacionales, con propuestas concretas de acuerdo a sus pensamientos ideológicos. Sin embargo, la impresión generalizada es que con estos solo fingen conocer el estado de la nación.
De hacer verdaderos estudios de los problemas nacionales el partido ganador debería transformar su plan de gobierno —en cuestión de días— en un Plan Nacional de Desarrollo. Lo que no solamente le da viabilidad política, puesto que estaría implementando lo que “vendió” en campaña, sino que además le economiza una buena cantidad de meses —mínimo seis— al implementar desde su arranque acciones sobre propuestas discutidas y avaladas por el voto ciudadano.
La continuidad en gobierno de un partido político, como ha sucedido en cuatro ocasiones en nuestro país desde 1949, debería ser garantía de continuidad para concluir lo pendiente del plan anterior propuesto por el partido que se reelige. Esto obligaría a proponer un proyecto que contemple políticas de mediano y largo plazo.
Sorprende que en las últimas décadas en Costa Rica no se dé continuidad de políticas de Estado, ni cuando se reelige un partido político ni cuando se cambia. Hay un cruce de mezquindad e ignorancia que siempre se antepone al interés nacional, en el cual priva la vanidad o a lo mejor la ignorancia en el ejercicio de la función pública.
La preocupación por los beneficios y la equidad social no deben chocar con un próspero proyecto económico. Las políticas sociales no tienen que competir con las oportunidades comerciales, deben complementarse.
Cuando hablamos de desarrollo humano sostenible es un plan que integra el desarrollo ambiental, social y económico —aristas consustanciales— que no deben disociarse en sus objetivos, como con frecuencia lo hacen ambientalistas o economistas al plantear sus ejes con verticalidad, cuando ambos aspectos son transversales en el desarrollo humano.
Un plan nacional de desarrollo debe ser una estrategia viable de transformación. Debe dar continuidad a las buenas iniciativas, promoviendo un desarrollo armonioso en todo el territorio nacional, que no olvide grandes regiones como es costumbre.
También debería incrementar y mejorar la calidad de vida de todos los costarricenses, para que solo en casos de excepción se requiera de la asistencia social —lo que se ha convertido en la constante— pues es mejor para promover la autoestima que se da cuando las personas tienen sus propios medios de manutención.
El Plan Nacional de Desarrollo —nombre pomposo y exagerado para un periodo de cuatro años— termina siendo “mucho ruido y pocas nueces”. El desarrollo jamás se dará en cuatro años, menos cuando el primer año se va en definir el plan o cuando los primeros 100 días se asumen para hacer diagnósticos, que se suponen debieron ser previos a la llegada al poder. El ejercicio del poder es acción, de lo contrario estaríamos dando crédito y validez a lo que alguna vez dijo el escritor irlandés George Bernard Shaw: "los que son capaces, crean; los que NO son capaces, enseñan".


Claudio Alpízar Otoya

Politólogo