El hombre del canto eterno … un periodista poeta
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El hombre del canto eterno … un periodista poeta


Fue huérfano. Vendía tamales en las calles del San José de 1880. Tuvo una infancia tormentosa, pobre, desvalida; que sin embargo, dignificaron su espíritu. Se hizo hombre prematuramente, entre las duras disciplinas del esfuerzo constante y denodado.
“Haz como yo amiguito, que despreciando míseras escala, cuando quiero surcar el infinito, me atengo al propio vuelo de mis alas”. Respondió en 1829 a un estudiante del Instituto de Alajuela. Pareciera una respuesta del existencialismo de Sartre.
Dijo gloriarse de solo una prenda: “su fortaleza moral”. Se reveló contra la herejía de afirmaciones no susceptibles a comprobación. Afirmación tan cierta como el relato de dos de sus nietas, la exprimera Dama de la República, Estrella Zeledón de Carazo; y su prima, Ligia Calvo Zeledón.
Sus voces delatan el amor recibido por ese abuelo, al contar como en una ocasión, estando él enfermo, llegó a la escuela, “y como se iba descalzo, dejaba las pisadas marcadas en el piso, por lo que la maestra le dijo que fuese a la pizarra y escribiese ‘estoy sucio porque soy un cochino’…”; dicen las nietas, entre risas y miradas perdidas en el pasado. Sin embargo, “él escribió: ‘estoy sucio porque estoy enfermo’…”. Era la calentura la que le hacía sudar los piecitos de aquel niño que apenas cursaba el tercer grado de la escuela.
El maestro Abel Quirós comprendió la importancia de permitirle al niño exteriorizar sus sentimientos, para liberar su intelecto. Como espuma de un champán recién agitada, su vocación de escritor desbordó desde entonces. Nacía en él el periodista, el de casta combatiente que acarrea persecución, cárcel, tortura y muerte.
A los 22 años, en 1899, se casa con “la abuela Estercita Venegas”. El amor tocó su corazón pero pasó la luna de miel en la cárcel, dicen, por unas publicaciones en contra del Presidente Rafael Iglesias.
Estrella Zeledón y Ligia Calvo cuentan que durante lo que el “abuelo” llamó la “tiranía” de los Tinoco, fue torturado: “lo metían en un ataúd” por horas para hacerle callar su crítica pluma contra el régimen.  Nunca cesó su acérrima pluma contra las injusticias. Nadie lo pudo detener. Fue un hombre quien moriría por sus ideales de justicia y democracia.
En 1903, el Gobierno del Presidente Ascensión Esquivel, lanza un concurso a poetas y escritores, para escribir la letra de una melodía nacional. Su amigo, Alfonso Jiménez, y su esposa Etercita, lo animan a participar. El titubea, pero acepta.
Estercita tocaba el piano con dones de Mozart, y lo hacía cada día para que el poeta acoplara la letra a los compases de aquella apoteósica composición musical, hasta que finalmente, una noche lo logró en su casa de Curridabat. Jiménez, Estercita y el “abuelo” se abrazaron en medio de llantos y cantaron esa eterna melodía por la primera vez en la historia de nuestro país. La sometió al concurso firmando con el seudónimo de “Labrador”, pues había criticado al Presidente Esquivel desde las filas del partido Republicano, opositor al Gobierno.
El 24 de agosto de 1903, el abuelo de Estrella y Ligia, entre otros, vence a Aquileo Echeverría ganando el concurso, haciéndose acreedor del premio: 500 colones, los que se rehúsa a aceptar hasta que no se declare oficial dicha letra de su composición. “Nunca le dio importancia al dinero, sino a sus acciones”, dicen orgullosas las nietas. Eso nunca le importó, pues al fin de su vida declaró que a pesar de haber fracasado en otras empresas, como la de agricultor, le quedaba la más importante satisfacción: “la de haber intentado ser útil”. Y útil fue como diputado del Congreso, cuyo salario siempre donó íntegro a las escuelas Colón y a la Maternal. 
La declaratoria oficial es un error u omisión histórica, dicha letra no fue oficializada sino 45 años después, durante la Junta presidida por José Figueres el 15 de junio de 1949, siendo el autor miembro de la Constituyente de 1948.
Orgulloso de la mujer tica, escribió el 3 de agosto de 1947, en defensa de las mujeres costarricenses que el día anterior habían salido pacíficamente a reclamar “heroicamente el galardón” de sus derechos políticos, siendo apabulladas por el aparato represivo del Estado, un hermoso poema que termina diciendo: “Odio eterno a la fiera embravecida… Yo canto a las mujeres de mi tierra porque soy el cantor de nuestra patria.”
Este abuelo, es el autor del poema y del Himno Patrio, José María Zeledón, a quien hoy, Candilejas le rinde culto por su ser ejemplo de cultura, de libertad de expresión, de hidalguía; pero sobretodo de humildad, porque nunca buscó el poder por el poder, sino como instrumento para servir a los más desvalidos, como lo fue él en su infancia.
Escribió su propio epitafio antes de morir en una finca de Esparza el 7 de diciembre de 1949. Se lee en su tumba del cementerio General de San José: “Aquí descansarán de sus dolores nuestros huesos … Qué fuimos en la vida sino cantos, qué después de la muerte, sino flores”.

Ricardo Sossa / Carmen Juncos
Editores jefes de Candilejas


• Fotos: Gerson Vargas y Esteban Monge
Fuentes: Judith Lazar, “Sociología de la comunicación de masa”. André Compte y Luc Ferry, “La sabiduría de los modernos”. Marshall McLuhan, “Understanding Media”. Le Point.fr.  Wikipedia. Centro Paso a Paso

 

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