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Sábado, 28 de noviembre de 2020



COLUMNISTAS


El libre comercio no es cosa del pasado

Miguel Angel Rodríguez [email protected] | Lunes 25 mayo, 2020


Hace 33 años Paul Krugman, uno de los más destacados modernizadores de la teoría del comercio internacional y uno de los más agudos críticos de algunas políticas económicas ortodoxas, se preguntó si el libre comercio era cosa del pasado y respondió con el título de esta columna.

Los intereses afectados por las importaciones de bienes y servicios desde siempre se han opuesto a libre comercio y, es más, en la historia han sido políticamente dominantes en el tiempo. Pero las ventajas de los intercambios libres han ido abriendo camino al comercio internacional. Krugman se planteó esa pregunta por la dominancia que desde entonces iban adquiriendo las teorías basadas en rendimientos crecientes y en competencia monopolística frente a la tradicional noción de ventajas comparativas y competencia perfecta, en mucho gracias a sus propios aportes.

Los años que siguieron a la pregunta de Krugman justificaron su respuesta. Las siguientes dos décadas vieron los avances de la Ronda de Uruguay del GATT, el nacimiento de la Organización Mundial del Comercio, NAFTA, la Zona del EURO y la constitución actual de la Unión Europea, el acceso de China a la OMC y un sin número de tratados de libre comercio, que muy bien ha venido aprovechando nuestro país. También aportes teóricos posteriores han justificado la respuesta, pero esa es harina de otro costal.

Pero ahora la amenaza a la globalización no viene de la teoría si no de los hechos.

Desde antes del COVID-19 la globalización viene enfrentando problemas. Se puede situar su origen en la reunión Ministerial de Seattle cuando se dio un frenazo en EE. UU. al Área de Libre Comercio de las Américas ya debilitada por la oposición de importantes naciones latinoamericanas con visiones ideológicas opuestas, y se empezó a enredar el desarrollo de la siguiente ronda de desgravaciones finalmente lanzada en Doha, y la discusión de la Agenda de Singapur. Posteriormente vino la Gran Recesión que fue seguida por una disminución del comercio de bienes, de las inversiones directas internacionales y de los préstamos bancarios internacionales con relación al PIB mundial en comparación a sus niveles máximos en los primeros años de este siglo. Vinieron luego la guerra comercial entre el presidente Trump y China, y el desprecio de la actual política comercial de los EE. UU. por el comercio entre las naciones basado en normas.

Y llegó el nuevo coronavirus con su pandemia

¿Será el libre comercio cosa del pasado después del COVID-19?

Para evitar el colapso de sus sistemas de salud, este virus ha obligado a las naciones a imponer restricciones a la movilidad y a los contactos sociales, que han diezmado la producción y han sido devastadores para los intercambios internacionales. Los países se han visto forzados a cerrar sus fronteras al movimiento de personas. El número de pasajeros en el Aeropuerto Heathrow de Londres cayó en abril un 97%. Las cadenas de valor se han truncado. La OMC estima una caída en el comercio internacional en este año de entre un 13 y 32%. La inversión extranjera directa se estima que disminuirá entre 30 y 40%, y las remesas en un 20%. Un 21% de los embarques de contenedores para mayo en el Pacífico han sido cancelados. Los costos de transporte se han incrementado en un 3,4%.

La pregunta de Krugman se enfrenta ahora a hechos, al debilitamiento de la globalización como realidad que viene dándose desde antes del COVIC-19 y se agiganta con las consecuencias de esta pandemia. Además, se enfrenta a que los gobiernos, frente a la epidemia, han adoptado medidas discriminantes contra el comercio internacional, lo que refuerza el accionar contra el comercio normado que ya se venía dando por algunos países. Como ejemplo considérense las restricciones a la exportación de algunos implementos médicos. La búsqueda de seguridad es una gran justificación para el proteccionismo.

¿Podrá nuestra respuesta seguir siendo el título de esta columna?

He señalado en otro artículo (¿Tomaremos consciencia de la inevitabilidad y bondad de la globalización? En www.rodriguez.cr) que no atino a responder si después de esta pandemia la globalización se acelerará (lo que creo muy importante para el desarrollo económico y la justicia social del mundo) o si más bien se fortalecerán las recientes fuerzas nacionalistas.

Para nosotros los efectos de este virus en nuestras relaciones económicas internacionales serán de una magnitud tan grande que es difícil de comprender. Este año la exportación de bienes se estima caerá entre un 5,5 y un 6,2%. La de servicios entre 28,8 y un 29,2%. El turismo prácticamente ha desaparecido. El BCCR estima una caída de un 37,5% de la inversión directa extranjera.

Lo que si pretendo saber es lo que le conviene a Costa Rica: un país pequeño, de ingresos medios, con vocación y ventajas para el comercio exterior, el turismo, y la recepción de inversión directa extranjera.

Dadas nuestra pequeñez, nuestra condición de país de ingreso medio, nuestra ubicación geográfica, nuestra historia y nuestra estructura productiva, nos convendría que la respuesta pos-pandemia a la pregunta de si el comercio internacional es cosa del pasado fuera que no. Nos conviene que la globalización se profundice.

Pero en todo caso, con independencia de que eso se de o no, nos conviene profundizar nuestra inserción en los mercados internacionales. Y tenemos ventajas para hacerlo incluso en medio de un mundo que se nacionaliza. Dadas nuestras características los mercados internacionales seguirán siendo muy grandes y beneficiosos comparados con la autarquía.

Es más, superada la crisis sanitaria del COVID-19, tendremos ventaja frente a otros países para aprovechar el comercio internacional y atraer inversiones. Ya en la encuesta efectuada a multinacionales de los EEUU en octubre pasado, alrededor de un 40% de ellas estaban en proceso de relocalizar actividades de manufactura fuera de China, o analizando hacerlo. Muchas no están considerando abandonar China, pero si establecer fuentes alternativas para dar seguridad a sus cadenas de producción. Y para hacerlo sin duda tomarán en cuenta las políticas públicas seguidas ante la pandemia por diferentes naciones. The Economist del pasado 14 de mayo indicó que “Pierre Sauvé del Banco Mundial considera que por sus relaciones con EE. UU. y la Unión Europea, países como Colombia, Costa Rica, Marruecos y Tunes pueden salir ganando por los cambios en las cadenas de suministros”

Además, el aprendizaje que han adquirido quienes supervisan producción a distancia como medida sanitaria ante la epidemia, podría ser aplicado a fábricas ubicadas fuera del territorio de EE.UU., pero en sus mismas zonas horarias, lo que también nos daría ventaja.

El núcleo de producción de dispositivos médicos ocupa el primer lugar en nuestras exportaciones y nos da ventaja para enfrentar un mundo más consciente de los temas de salud, y respecto al turismo no cabe duda de que la eficiencia extraordinaria mostrada por nuestro sistema de salud nos dará ventaja para ir recuperando esta importante actividad, que tiene tan beneficiosos aspectos distributivos para las zonas alejadas de la Meseta Central y que genera una muy importante proporción de empleo formal para mujeres.

La mucho más intensa utilización durante los meses de aislamiento social de medios digitales, también nos posiciona ventajosamente para la exportación de servicios empresariales, que los empresarios informáticos locales y la llegada de Procter and Gamble propulsaron desde la última década del siglo pasado.

Nuestro acceso a la OCDE dará mayores seguridades para sus inversiones a empresarios extranjeros, quienes podrán tener información más creíble sobre políticas públicas y sobre nuestras prácticas comerciales y el respeto al derecho.

Pero no nos llamemos a engaño. Enfrentaremos mayores dificultades si priva un mundo donde el comercio internacional obedezca menos a normas y más a intereses y poderes de imposición de las naciones.

Como siempre ha ocurrido en épocas difíciles, nuestra capacidad para enfrentarlas previsoramente y unidos por encima de diferencias ideológicas, será determinante para tener éxito y lograr que para nosotros el libre comercio no sea cosa del pasado.

Cómo dice Richard N. Haass en su artículo reciente “La desglobalización y sus descontentos” publicado por Project Syndicate el pasado 12 de mayo: “La globalización no es un problema que los gobiernos deben resolver, es una realidad que debe ser administrada”.

Y para ello el siguiente paso es participar en la Alianza del Pacífico, la más efectiva zona de libre comercio de América Latina, que nos proyectaría favorablemente para atraer otras inversiones y colaborar en nuestra reactivación.

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