Leiner Vargas

Leiner Vargas

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Martes 20 Marzo, 2018

Reflexiones

El costo de no hacer infraestructura

Por muchos años nos ha preocupado el contabilizar el costo de construir infraestructura y/o los impactos directos, de corto plazo, que tiene la misma en la dinámica productiva y en la calidad de vida de las personas o inclusive, los efectos negativos de ella en el medio ambiente. Desde mi perspectiva, hemos olvidado un tema central en dichas evaluaciones. Se trata de la no contabilización de los efectos negativos perversos de que no exista la infraestructura del todo. Sobre este particular al que llamaré el costo de lo que no existe, quisiera elaborar algunas reflexiones para este artículo e invitarlos a leer con ello mi nueva publicación titulada “Más democracia para mejores mercados, la economía política de la regulación en los sectores de infraestructura pública”, que pueden bajar directamente y gratuitamente desde mi página web (www.leinervargas.com).

Llegar a un puerto y que una nave se quede esperando un día, una semana o hasta un mes, tiene costos muy altos a una sociedad que vive del comercio internacional. Que no pase un crucero o que no llegue un barco más grande, por la falta de calado o infraestructura del puerto, tiene grandes pérdidas para la economía, el empleo y la sociedad de un país. De igual forma, llegar a un puente y ver reducido de cuatro a dos el carril de acceso lleva un costo enorme de atraso en gasto de combustible, estrés y pérdida neta de tiempo por la congestión vehicular asociada, esperar media o hasta una hora el autobús cada mañana, es un costo enorme para quienes desean llegar a su trabajo o estudio. El no contar con una carretera o acceso a una ciudad, una región o la simple inexistencia de alternativas de transporte como el tren, son eventos reales que tienen altísimo costo para la sociedad. Puedo seguir con otros temas como la infraestructura en agua potable, alcantarillado sanitario, electricidad, aeropuertos, trenes, tranvías o metros, redes de frío, escuelas, hospitales, etc. Todas estas obras de infraestructura tienen un amplio costo monetario para realizarlas, pero el costo más significativo de ellos, es el costo de que no existan y que como tal, siendo tan necesarias para la sociedad se tenga que carecer de ellas.

La gran ironía de nuestro caso como país, es que contamos con una gran cantidad de préstamos y de recursos disponibles para la inversión que por la incapacidad del Estado no se han utilizado. En medio de una seria crisis fiscal, el Estado ha desperdiciado la existencia de dichos recursos esencialmente por la incapacidad de planeación, gestión, evaluación y desarrollo de dicha infraestructura. Si a lo anterior le sumamos que por efectos adversos como el clima o la acción de la naturaleza, la infraestructura pública tiene grandes pérdidas, tenemos el no feliz resultado de que en términos netos el país no invierte ni siquiera el 1,5% del Producto Interno Bruto en la recuperación de la infraestructura. Así las cosas, considerando la depreciación de la infraestructura existente, el país está seriamente rezagando su desarrollo por la no inversión en infraestructura. Los indicadores serios de organismos multilaterales hablan de que no debería bajar del 3% del PIB la inversión anual y en nuestro caso, dado el rezago de los últimos 30 años, la inversión debería superar el 5% o 6% del PIB. La gran pregunta entonces es: ¿Por qué somos tan deficientes e imprudentes como Estado en este tema?

La respuesta no es sencilla de elaborar, se trata de una clara incompetencia creciente del Estado costarricense, asociada con el modelo de gestión pública de la infraestructura del país, mismo que se ha concentrado en los procesos burocratizados, poniendo pesos y contrapesos innecesarios con un estilo de control institucional que genera poco valor y que obstaculiza la gestión por resultados. Un modelo de gestión que ha puesto primero a las instituciones que al ciudadano, generando un excesivo centralismo en la gestión e impidiendo, que sea el propio ciudadano el que realice el autocontrol de la operación y gestión de las obras. El resultado es un Estado capturado en sus procesos de gestión de la infraestructura, donde las excusas son la norma y los resultados son la excepción. Resolver entonces dicho nudo institucional es la tarea más significativa que tenemos enfrente, si queremos tener una infraestructura de calidad, en tanto eso no se logre, seguiremos viendo puentes sin carreteras y carreteras sin puentes. En general, obras de infraestructura de gran valor a medias, ciudadanos insatisfechos y una sociedad que pierde la esperanza y la confianza en el Estado.