Roberto Dobles

Roberto Dobles

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Lunes 28 Abril, 2014

Mientras aquí fortalecemos el modelo basado en el petróleo caro importado, el mundo se enrumba hacia una transición energética de gran envergadura impulsada por el gas natural


Dogmas y costos de la energía

La evidencia demuestra que los países energéticamente exitosos adoptan políticas basadas en criterios técnicos y económicos que conducen a altos niveles de competitividad y seguridad energética explotando su potencial energético. Noruega y Colombia son dos ejemplos, entre muchos otros.
Los países exitosos desarrollan matrices energéticas muy competitivas que benefician a toda la sociedad, potencian el desarrollo económico, el progreso social y el empleo, y generan importantes recursos para el Estado para atender las crecientes necesidades de la población.
Lo contrario ocurre en Costa Rica, donde los prejuicios, dogmas y juicios de valor que no se sustentan en bases técnicas y económicas están generando una matriz energética cara y sesgada que induce altos costos de la energía que obstaculizan el desarrollo y los beneficios sociales de la competitividad energética.
Esto ha fomentado, entre otras cosas, una alta dependencia externa de los recursos energéticos no renovables más caros del mundo (los derivados de petróleo importados), los cuales están sujetos además a una alta volatilidad en los precios.
También ha provocado que no tengamos control sobre nuestro futuro energético y que seamos un país energéticamente pobre a pesar de nuestro alto potencial. Más de las dos terceras partes de la energía que consumimos son los caros derivados de petróleo importados.
Los dogmas también han promovido una matriz energética en la generación eléctrica que induce a altos costos y a una alta vulnerabilidad.
Los altos costos de la energía, directos e indirectos (contenidos en el precio de todos los bienes y servicios, incluyendo los alimentos, la vivienda y el transporte), al ser proporcionalmente mucho más altos en la “billetera” de los hogares más pobres que en la de los hogares más ricos, impactan además más fuertemente a los más pobres.
Mientras aquí fortalecemos el modelo basado en el petróleo caro importado, el mundo se enrumba hacia una transición energética de gran envergadura impulsada por el gas natural, que es mucho más barato y ambientalmente superior.
A diferencia de los caros bunker y el diesel importados usados en la generación eléctrica, el gas natural es mucho más compatible como fuente de energía firme para fortalecer el desarrollo de las fuentes renovables de energía que, por su alta variabilidad climática, necesariamente requieren este tipo de respaldo energético firme (sin variabilidad).
Si queremos bajar los precios de la energía a los niveles que se requiere hay que empezar por desterrar los dogmas y los prejuicios y aprender de los países energéticamente exitosos que saben cómo beneficiar a la sociedad a través de una política energética compatible con las crecientes necesidades de desarrollo en un mundo cada vez más competitivo.
La desatención que se ha venido dando sobre los costos de la energía ya está teniendo serios y progresivos impactos sobre nuestro desarrollo económico y social.

Roberto dobles