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Una vez me dijeron que, a la larga, la vida se define tanto por aquello a lo que uno dice que no, como a lo que afirma. Esto me marcó profundamente.

¿Por qué cuesta tanto a veces decir que no? ¡Es casi un arte!

Esencialmente queremos ser respetados, reconocidos (¿amados?) y probablemente esto afecta cuando hay que poner un límite. Porque eso es un no, un límite. Una elección. Y cuando elijo necesariamente pierdo, hay algo que pierdo puesto que en la negación, está el acto de dejar ir lo que pudo haber sido.

Pero si por rehusarme a perder callo ese no, y cedo a la tentación de no poner el límite, probablemente también pierdo la posibilidad de reafirmarme en lo positivo, en la decisión o acción más adecuada en ese momento.

¿Tengo que poner límite a una relación? ¿A una situación profesional? ¿A mi mismo? ¿Cuáles NO estoy ahorrando, limitando las posibilidades de lo que le seguiría?

Así que mejor les devuelvo su valor, me atrevo y me dejo definir, como el yin-yan, tanto por los positivos como por los negativos de la vida.

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