Pedro Oller

Pedro Oller

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Martes 18 Noviembre, 2014

En el fútbol como en la vida, se trata más de los sinsabores y como se llevan y del crecimiento constante


De una conversación que es urgente

Tengo que sentarme a hablar con Enrique mi hijo. Después del jueves pasado en Montevideo, siento la necesidad de explicarle que la vida no es así. Que más se parece a las mieles que en su corta vida nos ha tocado vivir con nuestro Herediano de mil amores y manudas frustraciones.
En el fútbol como en la vida, se trata más de los sinsabores y como se llevan y del crecimiento constante. Toda realidad indefectible es que es necesario parir, como dijo Celso, para vivir. Y que eso también es importante.
Cuando caminaba de la casa de mis abuelos al Eladio Rosabal con papá, de vez en cuando teníamos esta conversación. El fútbol no solo sirvió para estrechar un vínculo generacional difícil de superar, también fue metáfora de la vida en tantas cosas importantes.
Por eso también tengo que hablar con Quique. Como lo hago.
Sin embargo, voy a elegir el momento para escoger esta conversación. Este ha sido un año mágico que nos merecemos disfrutar sin reparo. A veces se vale, en otras es requerido porque solo así se honra lo vivido.
Este es el primer mundial de los míos. Jime estaba muy pequeña cuando Corea. Este lo vivimos todo. Desde que se inauguró el Nacional con Argentina, estuvimos juntos. En el Estadio o por tele, fuimos familia con Costa Rica en fogueos de lujo y sobre todo en la eliminatoria.
Nos partimos el alma minuto a minuto, nos quedamos sin voz con cada gol, hicimos del corazón un puño cuando nevó y nos encumbramos juntos primero cuando se cumplió la meta y después, cuando nos regalaron tantas alegrías en un Brasil que resultó eterno.
Quique fue más allá.
El tuvo fe. Ganó su apuesta. Porque no solo creía que Costa Rica le ganaba a Uruguay, porque estuvo dispuesto a ponerme su chancho a jugar. Tuvo razón. Lloramos juntos cuando cayeron el primero, el segundo y el tercero. Fuimos muy felices.
Estrechamos un vínculo único en el tiempo con su abuelo frente al minúsculo tele de mi tío Fernando. Nos abrazamos como cuando Cabito Jara se la sirvió a Cayasso para hacerse grande. Y lo fue. Y fuimos muy felices papá y yo en ese momento, en ese escritorio. Como lo fuimos Quique y yo en mi cuarto cuando Brasil empezó a dibujarse.
Vamos a ver, Costa Rica termina el año invicto perdiendo en cuartos con Holanda en Brasil. Sale Pinto y arde Troya. En este país muchos favorecen el malinchismo porque solo lo importado es bueno y no importa lo nuestro. Costa Rica sigue ganando y se confirma en el Centenario.
Estos muchachos han demostrado lo contrario. Que el talento es nacional, que son ellos los que juegan. No voy a entrar a valorar a Wanchope, héroe de mis mil batallas. Porque no se lo merece. El triunfo es de ellos. Y quien pretendió apropiárselo merece la pena eterna de ser un desempleado como hasta hoy.
Tenemos talento y nos lo empezamos a creer. Aquí hay para ver más allá de Brasil y del fútbol, este es un país capaz de crecer, de cumplir y de ser.
Si le cuento a Quique que él puede ser lo que le dé la gana, cumplo con mi meta cuando se lo crea. Como cada costarricense puede cumplirse con exceder lo que se espera, llevar adelante al país y abrir más oportunidades para otros.
 

Pedro Oller