Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

Enviar
Lunes 15 Octubre, 2012


De la subjetividad de la memoria

Lo recuerdos son subjetivos. La memoria de cada uno selecciona instantes, frases sueltas, fotografías, emociones, los encapsula y los guarda en algún rincón del cerebro. En algún momento, un suceso que puede ser tan intrascendente como importante, provoca de repente que las “cápsulas” salten al primer plano de la memoria y se ordenen en una suerte de álbum.
La partida de un amigo, un ser querido, alguien significativo en nuestras vidas, siempre nos enfrenta con el álbum de los recuerdos que nuestra memoria les dedicó.
Creo recordar —y digo “creo” tomando en cuenta la subjetividad de mi memoria— que la primera vez que oí nombrar a José Merino fue por ahí de 1976. Su hijo Bruno, estudiaba al igual que yo en el Liceo Franco Costarricense y éramos compañeros de bus. Conocía, entonces de lejos, a su bellísima y encantadora esposa Patricia. Yo, amiga de Eduardo Mora Castellanos, supe por él que el padre del simpático niño rubio de ojos claros que vivían en Escazú cerca de mi casa, era la pareja de su hermana Patty.
En algún momento por amigos y militancia común conocí a José. No encuentro en mi memoria la fotografía de ese momento preciso.
Sí puedo evocar los años en que fuimos vecinos en Barrio Escalante: lo vi muchas veces paseando con sus hermosas hijas cuando eran muy pequeñas.
En los 80, José, a cargo del Periódico Libertad, me invitó a escribir una serie de artículos y aunque yo temía no hacerlo bien, me atreví. Sin saberlo ni él ni yo, en ese momento me inició en la escritura de opinión que ahora ejerzo semanalmente.
Desde entonces visité la casa de los Merino Mora en diferentes etapas de mi vida.
Cuando mis hijas eran muy niñas, Alejandra y Maricarmen organizaban inolvidables fiestas de Navidad para su primo, sus sobrinas y mis hijas.
En cada uno de mis estrenos teatrales contaba con la presencia y el apoyo de José y Patty, entusiastas espectadores.
Las reuniones en su casa siempre fueron exquisitas: deliciosa comida, muy buena música que ellos descubrían y compartían y la alegría, generosidad y encanto de los anfitriones.
¿Qué recuerdo de José? Que era fácil de querer, uno se alegraba al verlo y era un gusto escucharlo. Inteligente, claro, informado, conciso, culto y ¡tan simpático!
Tal vez quiénes solo lo vieron en su curul las dos veces que fue diputado lo recuerden como un hombre muy serio. Lo era, en lo que ameritaba. Pero tenía una cálida sonrisa para compartir y bellas palabras para regalar.
Esa es la subjetividad de mi memoria
La otra historia de Merino (la pública, la política, la de su militancia) consta en muchos documentos que sí son objetivos. Si la historia no le rinde a su memoria los honores que merece, habrá que recordarles a todos quién fue ese luchador incansable. La muerte se lo llevó muy pronto. Demasiado.
Para Patricia, Bruno, Alejandra y Maricarmen estos retazos de mi álbum de recuerdos de José. Incompletos, pero con todo mi afecto.

Claudia Barrionuevo
[email protected]