Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 7 Febrero, 2011


¡Cuidado con las piedras!


Un amigo me contó que un tráfico, mientras revisaba los papeles de su carro en una inspección de rutina, le recomendó que despegara la extensa colección de marchamos y Riteves que decoraban la parte superior derecha del parabrisas. Mi nostálgico compañero cree ver en su ya muy viejo automóvil parte de sus memorias. Al inquirirle al oficial las razones de su consejo, este le dijo que sus recuerdos entorpecían la visibilidad.
Extrañado, el amigo en cuestión siguió su camino preguntándose cuándo podía ser tan necesario observar hacia el ángulo superior derecho mientras se conducía. Recordó entonces que, si bien hasta hace algunos años las señales de tránsito de las carreteras advertían la posible presencia de vacas o escolares, ahora algunos de los clásicos carteles amarillos anuncian la caída de piedras. Y si bien es viable manejar atento a que no se nos cruce un semoviente en el camino, es imposible conducir mirando con cuidado la ladera a nuestra derecha. ¿Qué puede hacer uno si observa unas rocas cayendo? ¿Frenar, acelerar o cambiar de carril?
Puede resultar hasta chistoso, pero no lo es. Dos días después del primer aniversario de la inauguración de la carretera a Caldera, cuatro personas –dos en una moto y otras dos a bordo de un automóvil- sufrieron heridas considerables al chocar contra piedras que cayeron en ambos carriles. No sé si el exceso de velocidad medió en el accidente, pero sin duda también hubiera sido posible que las rocas cayeran sobre el vehículo o -¡que no suceda!- sobre los cuerpos indefensos de los motociclistas.
Inaugurada con bombos y platillos y a las carreras antes de terminar el segundo gobierno Arias Sánchez –que nos promete un tercero a cargo de don Rodrigo- la autopista, que tardó treinta años en hacerse realidad, le ha dado más de un dolor de cabeza a la nueva presidenta y a su ministro de transportes.
Constantemente las noticias de los daños de la vía llenan las páginas de los periódicos demostrándonos hasta a los más ignorantes en el tema de ingeniería vial que algo –o más bien mucho- no funciona como es debido.

Es verdad que viajar hacia el Pacífico o viceversa resulta ahora un alivio. El tiempo de traslado se redujo considerablemente, lo que simplifica la vida a quienes trabajan en uno de los puntos y viven en el otro. Y por supuesto, considerando que el turismo es un aspecto muy importante de la economía costarricense, la carretera les ofrece un aliciente más a nuestros visitantes.
Sin embargo quien haya recorrido el camino hace un año y lo vuelve a hacer ahora, nota el deterioro causado en tan poco tiempo. El puente Bailey que hubo que montar para reabrir cuanto antes la vía, es un parche que entorpece el tránsito; los tráileres que supuestamente no iban a transitar por esa carretera ahora lo hacen provocando presas y las laderas, que siempre nos dieron cierto temor, ahora nos causan pánico.
¿Será que la carretera no estaba lista para ser inaugurada? ¿O es que no se tomaron las previsiones necesarias para evitar tantos problemas y estos iban a aparecer en cualquier momento? ¿Autopistas del Sol -que por 25 años tendrá la concesión- logrará que la pista deje de ser noticia por sus múltiples fallas?
Como siempre, preguntas sin respuestas. Queda nomás encomendarse al santo de su devoción, mantener sólo el marchamo y riteve del año del lado del conductor y viajar con un copiloto atento a las laderas peladas que le grite a tiempo: ¡cuidado con las piedras!

Claudia Barrionuevo
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