Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 26 Junio, 2008

Corrupción y droga
De cal y de arena

Alvaro Madrigal

Acompañando al Diablo en los pliegues que se le hacen a la ley cuando es defectuosa, están las figuras predilectas del delincuente de cuello blanco: el tráfico de influencias y el acceso ventajoso a información privilegiada. Una y otra son ideales para la facilitación de negocios por lo dificultoso que resulta demostrarlas y por el amplio margen de posibilidades, en consecuencia, de que la impunidad se consagre. El tráfico de influencias se define como el uso del poder oficial o la influencia que surja de él para conferir o procurar servicios especiales, nombramientos o cualquier otro beneficio propio, de los familiares, amigos o un tercero, medie o no remuneración. En la otra figura se utiliza información delicada que debe preservarse dentro de la confidencialidad y de la que se tiene conocimiento en razón del empleo o posición, con manifiesto privilegio para la facilitación de un negocio personal o de terceros. Si difícil es probar la comisión de estos delitos, fácil resulta percibirlos por el hedor que despiden. Identificamos a los “choriceros” de cuello blanco por su hedor repugnante. Aunque tal vez más nos repugne su impunidad. Saben medrar en las sombras de las oficinas públicas donde deben conseguir el favor y la protección para sus negocios privados. No necesariamente integran los órganos de decisión; tampoco concurren a las votaciones. Les basta con controlar los movimientos de la tramoya, que siempre está oculta. La corrupción existe y avanza con fuerza depredadora. Peor aún, como lo apuntó en un foro sobre corrupción e impunidad el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Luis Paulino Mora. ”Es difícil determinar con certeza los niveles de corrupción en nuestro país, pero lo que sí es seguro es que no ha habido un compromiso serio de abordar este problema”.

Es en este contexto donde estalla ese descomunal desafío que constituye el cáncer del narcotráfico en Costa Rica. Desde Washington, el Informe de Estrategia para el Control Internacional de Narcóticos correspondiente a 2007, del Departamento de Estado, describe como “alarmante” la situación y advierte cómo es que los carteles de la droga han establecido en este país una importante zona de tránsito de estupefacientes hacia Norteamérica y Europa. Recalca que si bien las incautaciones se cuadruplicaron durante 2007, el consumo está aumentando a niveles alarmantes y se refiere a la ola de crímenes violentos relacionados con las drogas como algo dramático. En febrero de 2001, recién concluido su mandato como Subsecretaria de Estado Adjunta de Defensa, Ana María Salazar nos tiró de las orejas en una advertencia sobre la posibilidad de caer en las garras del narcotráfico. Hoy, informes derivados de dependencias oficiales nos hacen saber el sentido de gravedad que ya ha adquirido el problema en las costas del Pacífico costarricense donde se hacen los encuentros para la recepción y el despacho de la droga que viene de Colombia y que va —ya controladas por organizaciones mafiosas mexicanas— hacia Estados Unidos. Aunque muy impresionantes los volúmenes que se decomisan, resultan pequeños en las estimaciones del negocio total pero suficientes para envenenar a unos con el estupefaciente, a otros con el dinero y a la sociedad toda con su efecto letal.