Alberto Cañas

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Sábado 18 Diciembre, 2010


Chisporroteos


Algunas personas bienintencionadas, se quejan de que esta época navideña y comercial, la preside la figura rechoncha y barbuda de ese que llaman Santa Claus (cuando yo era chiquillo ya andaba por allí, muy secundario, y se llamaba Santo Clos), sea ahora el que les trae juguetes a los niños, y no el Niño Dios.
A mí, por el contrario, me parece muy bien que sea un gordo rechoncho y no el Niño Dios el que no les trae juguetes a los niños pobres, y que esa horrible injusticia anual se la vengamos cargando a una figura que poco tiene de religiosa y muchísimo de mundano…
La iglesia misma debería estar haciendo propaganda desde los púlpitos para que se elimine al Niño Dios de esa espantosa injusticia anual que no hay niño en el mundo que no haya sufrido o haya logrado explicarse o que le expliquen.
Todavía resulta un poco extraño que una temporada de gastos, de regalo y de derroche que poco o nada tiene de religiosa, se llame en inglés Christmas, con el nombre de Cristo encabezándola.
Pero siendo como seguimos siendo una sociedad cristiana, deberíamos en verdad empeñarnos en que el nombre de Cristo y el del Niño Dios desparezcan de un festejo totalmente laico con mucho de pagano y al que solo le quedan de religioso la Misa del Gallo y la oportunidad que a veces ofrece la radio de escuchar el Mesías de Haendel.
Nos quedan, aunque no del todo, algunas cosas hogareñas que, como tales, algo tienen todavía de religioso. La cena familiar de Navidad, con tamales y rompope. Ni los tamales ni el rompope tienen origen alguno religioso alguno, pero están identificados con lo que de religiosa tuvo la Navidad en los tiempos de nuestros abuelos.
No todo ha de ser mundano, no todo ha de ser comercio ni ganancia para el comercio; para todos, decían antes, da Dios. Pues dediquemos a Santa Claus todo lo que tiene de pagano y de comercial esta temporada, y recojámonos dentro de nuestras familias y dentro de nosotros mismos, todos los que tengamos la oportunidad de hacerlo, que sé que somos muchos.

Alberto Cañas
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