Alberto Cañas

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Sábado 6 Febrero, 2010


CHISPORROTEOS


Bien, mañana es el día decisivo. No recuerdo, en las últimas décadas, una elección en la que se jueguen tantas cosas y peligren tantas cosas como la de mañana. Continuismo, entreguismo, fortalecimiento o más debilidad para la república solidaria… incluso algunos han querido resucitar la discusión sobre el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos sin explicar para qué. Todo lo que ustedes quieran.

Como columnista periodístico me inclino a elaborar sobre lo dicho en el párrafo anterior, pero dada mi posición dentro de uno de los partidos en pugna, me parece que si siguiera hablando de la elección estaría de alguna manera violando alguna disposición legal de las que ordenan un tregua absoluta en las vísperas electorales. Pero sigo creyendo que la de mañana es la elección más importante y decisiva del último cuarto de siglo.

Y entonces lo único que uno puede decir es: ¡Voten!, ¡Votemos todos! ¡Que nadie se quede sin votar! Porque es necesario que lleguemos a una conclusión: los que no votan son los culpables de los malos gobiernos. Y ustedes saben bien que hemos tenido pésimos gobiernos en las últimas décadas.

Bien. En lo personal echo de menos las alegres campañas, pintorescas y llenas de color de los viejos tiempos. Hoy lamento de veras que los partidos políticos hayan prescindido de aquel embanderamiento general que convertía en una especie de fiesta el proceso total. No era muy caro, pero los partidos decidieron que era mejor gastar el dinero en otras cosas. Pero muchos viejos sentimos nostalgia de aquellas campañas de la segunda mitad del siglo XX que, a pesar de que con frecuencia fueron duras, insultantes y hasta en algún caso sucias y de mala fe, eran al mismo tiempo fiestas de alegría.

Siempre he pensado que las décadas que siguieron a la Guerra Civil del 48 fueron una edad de oro de nuestra democracia. Desde entonces, hasta la de 1970, todas las elecciones las ganó la oposición. El Gobierno cambió de partido cada vez, y sin embargo ninguno de los gobiernos que tuvimos entonces trató (con una ligera excepción que no prosperó) de destruir ni de anular la obra de sus antecesores, y ve uno que los partidos que se sucedieron en el gobierno tuvieron algo en común, y lo que comenzaba uno lo continuaba el opositor que le seguía. No fue esa una época de componendas ni de lo que luego llamamos PLUSC. Los partidos peleaban, pero la Costa Rica que trataban de construir los distintos partidos era una. Unos nos decíamos socialdemócratas, otros se proclamaban social cristianos, pero la obra de gobierno fue continuada, y así llegamos a tener esa Costa Rica que los viejos de hoy añoramos, pensando que puede ser posible reconstruirla a pesar de que está en ruinas.

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