Alberto Cañas

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Miércoles 25 Marzo, 2009

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas


En el año 1978 fui, como tantos otros periodistas costarricenses, invitado a visitar Taiwán por el gobierno de esa isla. Esto no tiene ninguna importancia hoy, salvo que, ratón de biblioteca que soy, visité librerías pensando que, como los libros que en ellas se vendían estarían escritos en chino, bien podría encontrarlos de otra clase: libros de arte, libros de fotografías, cosas así.

La sorpresa que me llevé, fue encontrar allí los más recientes y sonados libros norteamericanos, a precios ridículos. Indagué la causa, y mi guía me explicó que en Taiwán estaban autorizados a reimprimir, sin pagar derechos, todos los libros norteamericanos que tuvieran a bien, señaladamente los textos universitarios, pero el permiso era general. Me explicaron que, como extranjero, yo sólo podría comprar libros de esos no recuerdo si hasta por 25 o por 30 dólares. Limitado a esa suma volví a Costa Rica con libros que, de haberlos comprado en Los Angeles al regresar, me habrían costado en conjunto alrededor de 100 dólares.

Cuento esto para contrastarlo con lo que nos está pasando ahora a nosotros, como víctimas del Tratado de Libre Comercio, con el problema de copiar costosos textos universitarios, principalmente de medicina, a lo que se le están poniendo obstáculos que los chinos de Taiwán no encontraron, dentro de una guerra frontal contra lo que llaman pintorescamente piratería. Me pongo en buena tesitura y decido suponer que quienes negociaron (algún verbo hay que usar, aunque sea ese) el famoso TLC, no estaban enterados de los privilegios que tuvo Taiwán, y por eso no acataron a pedir algo parecido tras haber ofrecido tanto.

Ahora estamos enfrentando también lo que puede ser una guerra contra uno de nuestros orgullos: las radioemisoras rurales, bastión indiscutible de nuestra vida democrática y del conocimiento de la realidad política y general que tienen nuestros conciudadanos de las zonas rurales.

Observo con gusto (y he colaborado con ella dando las declaraciones que me han solicitado) la campaña que ha emprendido la Cámara Nacional de Radio contra la pretensión de que nuestras radioemisoras (y no solo ellas), paguen una elevadísima suma mensual en dólares a un ente aquí desconocido y por supuesto extranjero, amén de lo que vienen pagando a un grupo nacional, por el derecho de trasmitir música que tiene vivos sus derechos de autor.

Yo aconsejaría que se dediquen a trasmitir tangos de Gardel y en general la vieja música, lo mismo música clásica o semi-clásica (zarzuelas y operetas) como en su tiempo hacía don Gonzalo Pinto en sus emisoras Alma Tica y Estación X, que no se limitaba a trasmitir lo que nos gustaba a los adolescentes de entonces, sino también música para nuestros padres, a quienes, evidentemente, y no a nosotros, iba dirigida la publicidad radial, pues eran ellos los que decidirían y podían comprar las cosas que por la radio se anunciaban. El señor Pinto sabía a quien iban dirigidos los anuncios, y a los mismos les dirigía buena parte de los programas.

Las emisoras rurales son importantísimas para nuestra vida de pueblo demócrata, y debemos no sólo salvarlas sino también fomentarlas con una política gubernamental inteligente. No sé si será mucho esperar, pretender que el gobierno se ponga a la par de la Cámara y pare ya los intentos bigbussinesescos para defender esas pequeñas empresas nacionales que deberían enorgullecerlo.

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