Alberto Cañas

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Sábado 21 Febrero, 2009

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Algunos me preguntan, ante cierto escepticismo de que hago gala, si es que no creo en las encuestas.

Lo que me pasa es que, si bien creo en la buena fe de los encuestadores, no creo en la de los encuestados.

Como decía con gran acierto Joaquín Vargas Gené, los costarricenses somos descendientes de Tío Conejo. Y como tales actuamos continuamente.

A los tioconejos no les agrada, por ejemplo, que les pregunten por quién van a votar. Entonces, o responden que no lo saben o, con más frecuencia, dan la respuesta que el preguntador presumen que espera oír.

En todo caso, piensan que el voto es secreto y les encanta que lo sea, y no les da la gana publicar el suyo. Además, como hay partidos y candidatos que reparten bonos de vivienda y otros instrumentos de corrupción política, prefieren decir en público que van a votar por el que los compró, pero saben que, indignados, votarán por el opositor.

Es un consejo que don Pepe Figueres daba en 1953 incluso desde las tribunas. La gente de don Fernando Castro Cervantes, cuya campaña nadaba en dinero, andaba comprando votos. Y don Pepe decía: Acéptenles la plata, pero voten de acuerdo con su conciencia. Al final, apabulló a su contrincante con el 65% de los votos.

Lo que sucede es que los castristas de 1953 no se habían dado cuenta de que la Costa Rica de comienzos del siglo XX había quedado atrás, y que en 1948 había nacido otra.

No hay nada peor que no darse cuenta del momento que se vive.

Volviendo a lo de las encuestas, recuerdo cierto libro norteamericano que leí hace algunos años, que presté y no me lo devolvieron, sobre el tema de las encuestas, en la que su autor sostiene que toda encuesta, por el hecho de existir, está desviada, y ponía este ejemplo: El encuestador pregunta a un ama de casa qué opinión le merece el gobierno; la mujer contesta que no está mal; la segunda pregunta es sobre el costo de la vida, y la señora contesta que es espantoso y que ya no se puede vivir. Ahora, el encuestador pregunta primero por el costo de la vida, y la mujer responde que es espantoso y que ya no se puede vivir; la segunda pregunta es qué le parece el gobierno; el ama de casa responde que es horrible, que es el culpable del costo de la vida, que no sirve para nada, y todo lo que a ustedes se les ocurra. El arte reside en el orden en que se hagan las preguntas.

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