Nuria Marín

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Lunes 14 Diciembre, 2009


Creciendo [email protected]
Celebrar la vida

Se dice a menudo que la vida puede cambiar en pocos segundos, pero raras veces pensamos que nos puede suceder a nosotros. El pasado miércoles parecía un día como tantos otros, levantada desde muy temprano y con múltiples cosas por hacer gracias a las carreras típicas de la época en términos de D-101, aguinaldos, compra de regalos, etc.
El punto de inicio, supervisar la concreción en documentos legales de una compleja negociación empezada el día anterior, cuya firma debía ser recogida por nuestro abogado antes de las 8.30 a.m. ante la salida del país de uno de los firmantes.
En este estira y encoge, lejos estaba de pensar en lo que estaba por suceder. Recibí una terrible llamada, mi corazón se paralizó. Mi amado esposo y compañero de mil batallas Antonio, a quien había despedido minutos antes, acababa de ser arrollado por un furgón a pocos kilómetros de la casa.
La adrenalina mágicamente revivió mi corazón en una taquicardia que me acompañó al sitio del accidente y luego al hospital… Era una carrera contra el tiempo en la que no había minuto que perder.
Es increíble cómo un hecho como este cambia en un segundo la dimensión de las prioridades, nos recuerdan lo tontos que somos frente a tantas nimiedades y la claridad de lo importante se yergue como una monumental montaña.
De todos las cosas que pudieron suceder, y de todos los problemas que él pudo haber enfrentado, dichosamente Antonio solo tenía su muñeca, dedo pulgar y pelvis quebrados, que necesitan ser operados. Los pronósticos son muy positivos y estamos totalmente optimistas.
Pudimos haberlo perdido. En esa mañana mi vida pudo cambiar drásticamente. No quiero ni pensar en el rumbo que pudo haber tomado para mí y para nuestras hijas. Hoy estamos aún más agradecidos con Dios y con la vida.
Siempre hemos sido una familia unida, pero situaciones como esta nos recuerdan el maravilloso regalo de tenernos los unos a los otros y lo fácil que es sobrellevar las cargas cuando lo hacemos juntos. Estas se hacen ligeras con el amor incondicional de nuestras hijas Andrea y Adriana, al que recientemente se agrega el de nuestro yerno Jaron.
Gracias al accidente, ciclistas desconocidos y buenos samaritanos nos brindaron su desinteresada ayuda. Igualmente nuestros amigos nos han acompañado a lo largo del camino con un derroche de aprecio y cariño. Lo único que lamentamos es no haber podido atender sus numerosos llamados, correos y mensajes.
Por semanas tontamente “sufrí” por cuál debía ser el tema de mi columna número 100. Como en la vida no hay coincidencias y todo tiene un propósito, comparto con ustedes el mensaje que recibí.
No olvidar nunca que no hay nada más importante ni prioritario que apreciar la bendición que es la salud, atesorar el amor que de múltiples formas recibimos y muchas veces, por el corre corre no apreciamos, y la importancia de celebrar a plenitud todo lo maravilloso que nos regala la vida día a día.