Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 13 Agosto, 2012


El chico de la última fila


Cuando algún joven me dice que el teatro no le gusta o le aburre me apena porque sé que no ha tenido la dicha de ver un espectáculo que valga la pena.
Recuerdo que un novio de juventud, al que arrastraba a cuanta puesta en escena se producía en el país, muchas veces me preguntaba: ¿Por qué si sabés que me gusta tanto el teatro me trajiste a ver esto? Tenía razón.
Es que un espectáculo escénico puede ser sublime o provocarnos el bostezo más profundo. El primer objetivo del teatro es entretener. Luego viene todo lo demás. Que no es poco.

No veo todo lo que se produce en el medio teatral. Trato siempre de acompañar a mis amigos del gremio, asisto a lo que me recomiendan y a veces (las menos) voy por obligación social.
Hace unos días un grupo de amigas asistimos a la puesta en escena de “El chico de la última fila”, de Juan Mayorga, dirigida por Fernando Rodríguez. Nuestro objetivo común era compartir un rato con nuestra amiga, la actriz Grettel Cedeño.
Aunque iba con pocas expectativas: a los cinco minutos estaba interesada en la trama. A los diez me hicieron gracia los guiños culturales. A los quince me olvidé que conocía personalmente a la mayoría de los actores y empecé a ver en ellos a los personajes. A los veinte me reía con ganas de las referencias literarias. A los veinticinco no dejaba de sorprenderme por la agudeza del texto. Y ya. Luego, a pesar de lo que me cuesta por el oficio, sencillamente me enajené y me dejé ir en la vorágine del espectáculo. Una joya.
Todo aquel que escriba o pretenda escribir relatos de ficción encontrará en “El chico de la última fila” una clase magistral de estructura, construcción de personajes, creación de conflictos, desencadenante y desenlace.
Los lectores voraces y los amantes de la filosofía se divertirán con las referencias a los grandes autores. Los críticos de arte moderno se reirán de las tendencias plásticas.
Pero, además, como en un texto teatral, una historia entretenida es lo que siempre destaca, aquí el relato básico es comprensible y puede ser disfrutado por todos: tiene suficientes sorpresas, puntos de giro, peripecias y descubrimientos.
Si además del valor del texto le agregamos la calidad de la puesta en escena, las actuaciones, la escenografía y el diseño de luces, estamos ante uno de los mejores espectáculos del año.
Es lamentable que las salas estatales ofrezcan a los grupos independientes temporadas tan cortas. Después de dos o tres meses de ensayo, los artistas pueden mostrar el resultado de su trabajo solo cuatro semanas. Y si hay algo que sabemos todos es que los espectadores asisten a un espectáculo más por el “boca a boca” que por los anuncios, la promoción o la crítica.
Pocas veces he disfrutado tanto de una puesta en escena nacional. Por eso la recomiendo. Espero que no dejen pasar la oportunidad de asistir el próximo fin de semana, de jueves a sábado a las 8 p.m. y el domingo a las 5 p.m., en el teatro 1887 del CENAC, a “El chico de la última fila”.

Claudia Barrionuevo
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