Arnoldo Mora

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Viernes 28 Noviembre, 2008

Violencia y corrupción

Arnoldo Mora

A juzgar por lo que está pasando en muchos países de América Latina, la causa mayor de la violencia generalizada en la sociedad civil, está en la escandalosa y creciente distancia entre ricos y pobres que se sufre en nuestra región, con el agravante de que, por causa de las políticas neoliberales impulsadas por los gobiernos, los ricos cada vez son menos en número pero más opulentos, mientras los sectores medios y bajos son los más golpeados por las crisis económicas y políticas incontrolables.
Pero el factor político que más acentúa la violencia radica en la impunidad, debido a la corrupción nauseabunda de algunos cuerpos represivos llamados, en virtud de la ley y de la ética, a combatir el delito. Esos elementos de la policía se han convertido en el principal aliado de los facinerosos que operan en el ámbito internacional gracias a una refinada tecnología. Casos como los de México y Colombia son noticia diaria en los medios de comunicación, ya que incluso altos mandos del ejército y de la policía se ven involucrados en reiterados escándalos de corrupción y crímenes.
Por desgracia, denuncias recientes de casos de corrupción en la policía nos hacen temer de que Costa Rica podría estar corriendo el peligro de lanzarse en ese horrendo abismo. Ya no se trata tan solo de que las mafias del narcotráfico, el sicariato e individuos ligados a graves delitos en otros países han encontrado refugio y operen en el país, uniéndose a los nacionales, sino que miembros de cuerpos policiacos han sido acusados de haber cometido supuestos delitos. Y esto involucra incluso a oficiales de alto rango. Tal fue el caso denunciado en la policía de Heredia no hace mucho. Pero el caso más reciente es el que involucra al subdirector de la DIS y a algunos de los miembros de ese organismo de cuestionable constitucionalidad y que tiene como director a Roberto Solórzano, un político que reconoce estar bajo las órdenes directas de Rodrigo Arias, ministro de la Presidencia y hombre fuerte de este gobierno.
Si así están las cosas, fácilmente podemos explicarnos por qué la violencia en todas sus deletéreas manifestaciones, no solo no ha disminuido, sino que aumenta cada día, a pesar de que la Ministra de Seguridad dijera que esto no es más que una apreciación subjetiva con poca base real. Da la impresión con ello que la mencionada jerarca no tiene la menor idea de la gravedad de este fenómeno de patología social y política que ella, como ninguna otra persona, está llamada a combatir. Esperemos, sin embargo, que todos los hechos de supuesta corrupción en los cuerpos policiacos ya denunciados y aquellos otros que eventualmente se descubran, sean objeto de una investigación que llegue hasta el fondo y siente las responsabilidades a todos los niveles.
Las manifestaciones que inundan las calles capitalinas denunciando esta galopante y generalizada violencia, constituyen el más claro y dramático grito de protesta de un pueblo que se siente amenazado por todas partes en su integridad física y en sus recursos materiales, sin que el gobierno haya convencido a los ciudadanos de haber logrado avances tangibles en el combate a los delincuentes, a pesar de sus reiteradas promesas.