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Tomás Nassar

Quién será compañero de viaje en un avión es todo un albur. Este pasado lunes, cuando regresaba a San José de Charlotte, en Carolina del Norte, tuve uno de esos encuentros aéreos muy gratificantes que lamentablemente no ocurren con mucha frecuencia.
La certeza de cuatro horas de aburrimiento fue suficiente para iniciar el diálogo con la pasajera de al lado, una simpática señora, evidentemente norteamericana, que con muy buen español y mejor talante me había pedido que le permitiera acceder a su asiento, al lado de la ventana.
La conversación fue cautivante, para mí, desde el primer cruce de palabras. Sí, venía a Costa Rica de paseo, pero también a trabajar. No, no era su primera vez en el país. Las preguntas obligadas se sucedieron una a la otra con el mismo rutinario protocolo de una plática que se inicia entre dos extraños, esa especie de toma inicial de conocimiento previa al relajamiento y la confianza que brinda la superación de los primeros instantes.
Sandra Feldman vino por primera vez a Costa Rica hace 40 años, cuando apenas frisaba los 17. Invitada por la familia de don Salomón Schifter y siendo apenas una joven estudiante en su natal Washington, regresó tiempo después como voluntaria del Cuerpo de Paz. Llegó a Venecia de San Carlos a la casa de los Durán, por dos noches. Se quedó dos años. Con sus propias manos cargó piedras del río San Carlos para construir un centro comunitario de salud y una escuelita que aún existe, según me cuenta con mal disimulado orgullo y entusiasmo.
Hace diez años, cuando su esposo fue trasladado a Charlotte, Sandra decidió dejar su práctica profesional como conferencista y consultora en temas laborales, para incursionar en el mercado de los viajes internacionales con una agencia de turismo a la que denominó Costa Rica Tours Ltd.
No tendría por qué ser digno de mención el hecho de que alguien promueva a Costa Rica como destino de viajes; pero lo que definitivamente sí es excepcional es, junto con su desbordante pasión por esta tierra, la extraordinaria creatividad que ha tenido Sandra al diseñar paquetes que hasta donde sé, serán únicos por su temática, porque muestran una imagen distinta de Costa Rica y, porque demuestran que se puede ser un exitoso empresario turístico pasando por encima de la oferta común del mercado.
La propuesta de los tours de Sandra es tan variada como original: Tropical Cooking School, una academia para aprender la cocina tica y caribeña; Black Heritage, un recorrido por la zona de Limón y el Caribe que muestra la historia de la diáspora africana, la inmersión y el desarrollo de la cultura negra en el país. Su apuesta es por las regiones menos visitadas como Turrialba y Limón donde, dice, sus clientes reciben un intercambio auténtico de experiencias que no encuentran en otro lugar.
Sandra fue galardonada con el Premio a la Excelencia Empresarial, nominándola como la Woman Business Owner of the Year 2006 por la Revista Today’s Charlotte Woman, gracias a su significante aporte al desarrollo del turismo cultural a Costa Rica.
Para mí, más allá de haber hecho placenteras las horas de vuelo, mi premio personal fue haber conocido a alguien que ama tanto a mi país, su cultura y sus tradiciones.
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