Bruno Stagno

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Lunes 2 Julio, 2012


Una trocha con fines mediáticos


La ruta 1856, o trocha fronteriza o como se le llame, ha resultado ser hasta la fecha una oportunidad perdida para Costa Rica. Aunque probablemente ha tenido algún impacto positivo en algunas de las comunidades en la zona, parece que terminará afectando seriamente los intereses nacionales.
Y no me refiero a la supuesta desviación y apropiación indebida de recursos públicos, sino a las múltiples denuncias y aparentes evidencias de afectación ambiental que probablemente serán exageradas y deformadas por Nicaragua como prueba ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Previendo el uso malintencionado que Managua haría de tales “pruebas”, el MINAET y sus entes adscritos encargados de supervisar el corredor fronterizo norte —así como la Presidencia y la Cancillería—, estaban en la obligación de redoblar esfuerzos para evitar este desenlace. Las tareas de supervisión, contención y mitigación ambiental tenían por ende que ser una prioridad, ejecutadas en paralelo a medida que la obra avanzaba, y no una operación a medias o para las calendas griegas.
Desde nuestra independencia en 1821, Costa Rica nunca necesitó de una obra de tal envergadura para defenderse de los designios de Nicaragua. No fue sino hasta meses después de la ingenuidad mostrada por la administración Chinchilla Miranda en su acercamiento novato con Managua, y del despreciable sentido de oportunidad del régimen Ortega Saavedra al invadir Isla Portillos, que el gobierno anunció la apertura de la ruta.
Aunque la administración ha tratado de ungirse en la heroicidad del Presidente Juan Rafael Mora Porras y la gesta libertadora de 1856, resulta que lo ha hecho solo con fines de imagen interna y no con claros propósitos estratégicos hacia Nicaragua. De lo contrario, la ausencia de supervisión y coordinación de las obras para contener sus efectos colaterales sobre nuestro litigio con Managua resulta inexplicable. Todos los ministerios y otros entes gubernamentales que debían tener algún grado de participación en la ejecución de la trocha, aducen que no son responsables. El director de orquesta de la obra —que algunos han considerado como potencialmente el más claro (único) legado de la Presidenta Chinchilla Miranda—, era ni más ni menos que un ingeniero civil de una dependencia del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT).
La trocha fronteriza ha resultado ser una obra con claros fines mediáticos internos y no una manera tangible de reforzar nuestra soberanía frente a un vecino más que incómodo. Ante las denuncias y evidencias relacionadas a la falta de planificación, coordinación, supervisión y mitigación de la obra, la importancia supuestamente estratégica que la administración Chinchilla Miranda le asigna(ba) a esta ruta no es en nada congruente con la realidad. Hasta prueba de lo contrario, parece que en realidad nunca fue más que un andamio de emergencia para contener la precipitosa caída en imagen del gobierno.

Bruno Stagno Ugarte