Enviar
Sábado 10 Noviembre, 2012

Estos niños adolescentes que deambulan por las calles son presa fácil de explotación sexual, de vendedores de drogas y de patronos inescrupulosos


Una solución para los niños de la calle

Uno de estos días, comentaba con un buen amigo mi deseo de escribir algo sobre los niños de la calle. El no entendió mis razones pues consideraba la pobreza como un mal inevitable y la poca ayuda que se puede dar casi nunca llega a su verdadero destino. Mencionaba, además, que estamos en los últimos días y que estas eran las señales de la cercanía del rapto.
Y entonces yo me pregunto si cruzarse de brazos y esperar a esta debacle es la respuesta. ¡No!
Los mal llamados niños de la calle, como se les conoce, aumentan día a día en las zonas urbanas y rurales de nuestro país. Además, como si fuera poco, la inmigración incontrolada de familias con menores de edad, que arriban constantemente, viene a engrosar gravemente la ya existente situación.
Estos niños y niñas adolescentes que deambulan por las calles son presa fácil de explotación sexual, de vendedores de drogas y de patronos inescrupulosos que los emplean en trabajos no aptos para su edad, por dinero insignificante.
La indiferencia y poca solidaridad de los individuos y entidades que tienen algún poder para hacer algo siguen dándole largas al asunto. En realidad, nadie se atreve a ver más allá de la mesa bien servida que tiene enfrente, es más cómodo no hacerlo.
En vista de que las instituciones gubernamentales encargadas de dar solución a este flagelo no cuentan con los recursos suficientes y carecen de un plan integral que involucre a muchos sectores de la sociedad para trabajar en una misma dirección, intento exponer una idea que no es nada nueva, pero que quizás permita abrir una posibilidad.
Después de hacer un profundo análisis que determine los mecanismos legales requeridos, la empresa privada, una vez más jugará un papel protagónico en la resolución de los grandes problemas que nos agobian, al tener la facultad de emplear pequeños grupos de jóvenes durante cuatro horas —medio tiempo— con una remuneración acorde con su edad y capacidad, mientras gozan de la protección de nuestras leyes laborales. A su vez ellos cotizarían a la CCSS la cuota obrera correspondiente para los regímenes de enfermedad, invalidez, vejez y muerte.
Las empresas contarían con un aula para que se impartan ahí mismo, durante otras cuatro horas, las lecciones correspondientes al programa normal del Ministerio de Educación, matizado con especialidades propias de la labor y talento de cada niño, y complementado con un pequeño espacio para la recreación sana: ping-pong, ajedrez, biblioteca, etcétera.
Para este efecto, correspondería al Estado suplir de docentes y equipo indispensable para llevar a cabo el plan. Los niños, por su parte, volverían a su hogar o albergue por las noches y fines de semana.
En mi opinión, el talón de Aquiles en este caso es la Comisión de Derechos Humanos, que con toda la gama de argumentos filosóficos defiende el derecho de los niños a no laborar, pero si de hecho hay muchos de estos que están siendo explotados al margen de la ley, por qué entonces no tenderles la mano y dotarlos de las herramientas necesarias dentro de un marco legal, que cumpla con los requisitos fundamentales como estudio, recreación, trabajo, pero que sobre todo les inculque desde temprano las tres reglas de oro: disciplina, responsabilidad y honestidad.

Arnoldo Obando Fonseca