Enviar
Lunes 8 Febrero, 2010

Una fiesta democrática volátil

A pesar de la llamada “guerra de encuestas” y de los reproches entre los partidos políticos principales del país, sobre el virtual ganador de la faena electoral, está claro que la fiesta democrática costarricense cada vez más se caracteriza por la volatilidad. No hay certeza sobre la lógica del comportamiento electoral, sobre los resultados de las elecciones y, desafortunadamente, para muchos, sobre el futuro desarrollo de un eventual gobierno.
La Costa Rica de los últimos 50 años, excluyendo las tres campañas anteriores, ha quedado en la memoria de las generaciones que hoy puntean los 30 años o más. Eran las elecciones de los colores, las banderas, la lucha entre los mitos políticos del ayer: Don Pepe y el Doctor Calderón. No debemos asumir que lo de antes era mejor, pero sí el hecho de que todo ha cambiado. Ahora, en el calor de una campaña singular, este primer domingo de febrero vemos que el ambiente festivo se ha perdido y el entusiasmo que otrora campeaba en las calles, escuelas y colegios de todo el país, ha cedido la mayor parte de sus colores. El ciudadano común pareciera estar más interesado en resolver los problemas de su vida cotidiana y la “política”, aun el día de las elecciones, se le presenta como algo lejano y de relativa poca importancia.
No solo se trata del abstencionismo que en los últimos años viene en crecimiento, se trata de la actitud generalizada hacia la política. Parece que para el grueso de la población, la política se ha convertido en algo lamentable, propio de gente de malas intenciones. Culpa de todos, sin duda. De los partidos primero, de los políticos, de los gobiernos, de los medios… y aun, de la gente de calle, que no quiere ir más allá porque simplemente no le interesa. El resultado lo hemos visto en este día de las elecciones: el ambiente estuvo frío, no se vio mucho interés y, aunque por ahí y por allá se vieron carros con banderas, la verdad es que fueron los menos.
La novedad de la primera mujer con opciones reales de ganar las elecciones, del candidato del cambio, que las encuestas encumbraron al segundo lugar, del que insiste en la moral y aquel que aun dice que es el menos malo, no habían logrado sacar a la gente de su desinterés, a la par que los partidos pequeños aparecen por ahí y por allá, tratando de llamar la atención, ante esta apatía. Al final, la guerra de encuestas cede ante la realidad del comportamiento electoral. La candidata liberacionista gana sin muchos apuros, Ottón Solís logra mantener el segundo lugar en la carrera y Otto Guevara, que a base de una agresiva campaña mediática había creado la imagen que finalmente se dejó el PAC, cae a una tercera posición que tiene sabor a derrota. Como colofón, la fiesta democrática se vive sin grandes sobresaltos, pero con mucha incertidumbre; no tanto de los resultados de coyuntura que van y vienen, sino del porvenir de un país que vivió en el pasado su fiesta democrática con gran alegría, pero que hoy, más que el aspecto festivo, vive la sensación de que se está perdiendo la esperanza en un mejor mañana.

César Zúñiga Ramírez
Politólogo – UCR