Nuria Marín

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Lunes 18 Octubre, 2010


Creciendo [email protected]
Un rescate ejemplar

Confieso que lloré. Lloré cuando el primer rescatista Manuel González bajó los 622 metros de distancia que lo llevaría a reunirse con el valeroso grupo de 33 mineros, que por más de 60 días habían permanecido en las oscuras entrañas de la Mina San José.
Si bien un trayecto más corto de lo que previamente se había anunciado, he de reconocer que los 17 minutos de ese recorrido inicial se me hicieron eternos y a ratos me robaban la respiración.
Lloré aún más con las imágenes de la salida de Florencio Avalos y su reencuentro con su familia. Sin duda el rescate de este primer minero vaticinaba y alimentaba las mejores esperanzas de lo que luego de largas horas y arduo trabajo de equipo resultaría en una hermosa historia de éxito de nivel mundial. Un camino de fuertes emociones en el que la prudencia, el nerviosismo y tensiones cedieron únicamente con la salida del último de los hombres.
Reí con las reacciones y energía de Mario Sepúlveda, segundo minero en ser rescatado. Su alegría, y desbordante personalidad nos revelaron un hermoso código o faceta de hermandad entre los trabajadores en la minería, madre de la evidente y siempre presente solidaridad de equipo.
El rescate de la totalidad de los 33 mineros es más que una narración de éxito en los anales de la minería chilena. Se trata de una historia que por sus valores humanos quedará enmarcada como un momento de gloria para toda la humanidad.
¡Qué orgullo para Chile y para América Latina! El rescate representa los maravillosos y exitosos esfuerzos de todo un pueblo, que desde el día uno y sin desfallecer nunca perdió la esperanza por recuperar con vida a los suyos, aunque el margen de posibilidades de éxito fuera tan reducido como un 2%.
Ese angosto y estrecho canal de vida que algunos incluso asemejan a un cordón umbilical, y que permitió a la espigada y angosta cápsula Fénix transportar con éxito a la vida y a la libertad a estos hombres, padres, hermanos y coterráneos chilenos, representaba no solo los avances en creatividad y sapiencia de un equipo ingenieril y de rescate sino los agallas y coraje de un equipo que nunca dejó a su suerte a quienes los necesitaban.
Chi-chi-chi le-le-le como decían los cánticos de quienes se hicieron presentes en el campamento Esperanza ha demostrado ser un pueblo gallardo, tesonero y corajudo; solidario y amante de su gente; grande en optimismo y un ejemplo a emular.
Son historias como esta las que nos recuerdan la gran capacidad humana para el amor, la compasión, la solidaridad y entrega a los demás. Son ejemplos como este, los que una y otra vez también, debemos recordar y recrear a nuestros hijos como ejemplos de las grandes capacidades de los hombres y mujeres del mundo y que nunca debemos olvidar.
¡Gracias Chile por tu ejemplo! Larga y feliz vida a sus 33 hijos y sus familias.

Nuria Marín