María Luisa Avila

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Jueves 15 Agosto, 2013

Su padrastro, el abusador, dijo que había sido una vaca, los policías dijeron que ellos vieron una vaca en el potrero donde la encontraron desangrada y al borde de la muerte


Tricotomía

En nuestro país, casi un 25% de los nacimientos anuales es producto de madres adolescentes, la cifra ha aumentado en el grupo de diez a 14 años. Cifras frías que poco dicen de las trágicas historias detrás de ellas. No dicen que estamos fallando como sociedad, que fuimos incapaces de proteger a estas menores. Que fallamos cuando vemos con naturalidad la relación de una niña con un adulto. Que fallamos cuando no denunciamos, que fallamos cuando no apoyamos o acompañamos a estas niñas-madres. Que fallamos cuando no sospechamos que, cambios de conducta, un repentino bajo rendimiento escolar, son alertas para que algún adulto preste atención.
A, una niña de 13 años, excelente desempeño académico, su madre la tuvo a los 16 años porque “se jaló torta” con un compañero de colegio. La madre de A se casó luego con otro hombre. Este hombre colocó una cámara entre los peluches de A para grabarla mientras se vestía, desde entonces empezó a verla como “una mujer”. La madre de A justificó a su esposo, porque A salía del baño solo con un paño cubriendo su cuerpo y se sentaba “con las piernas abiertas”. La madre no denunció, argumentando que A de 11 años, le había dicho que no lo hiciera. A los 12 años A queda embarazada, nadie notó sus cambios hasta que el embarazo era evidente, una profesora de su colegio comentó que A se andaba “apretando con un montón de chiquillos”.
B, una niña de 12 años con una vulvovaginitis gonocócica (gonorrea), se “la pegó” su novio de 23 años, que llegaba “a marcar” a la casa de B, con el permiso de los padres. B me dijo que ella le permitía a su novio que le “introdujera el pene en su vagina, porque le gustaba”. Noten que usó el lenguaje correcto, para la conducta incorrecta. La madre de B dijo “Dra. yo no sé a quién salió tan caliente esta muchacha”. Noten el lenguaje incorrecto, para la conducta incorrecta. El “hogar” de B fue intervenido por trabajo social y el novio denunciado.
C, de ocho años fue abusada por “un amigo” de la familia. La contagió de una enfermedad venérea. Durante el juicio al que asistí como testigo por haber tratado a C, el infeliz dijo como descargo: “C me provocó, se me sometió”.
D, de 15 años, no fue mi paciente, lo fue E su hija de tres meses ingresada por infecciones graves, diagnóstico: SIDA. El padre de E, un hombre casado de 40 años, para la misma época había embarazado a su esposa. D lloró como la niña que era en brazos de su madre cuando se le informó el diagnóstico. E murió cuatro meses después.
F, de 11 años, ingresó al hospital con una sangrado transvaginal severo, que la llevó a un estado de shock, tenía destrozada el área genital, requirió largas horas de cirugía. Su padrastro, el abusador, dijo que había sido una vaca, los policías dijeron que ellos vieron una vaca en el potrero donde la encontraron desangrada y al borde de la muerte.
Todos estos son casos reales, de niñas costarricenses, que a lo largo de mis años de práctica de la pediatría he visto y atendido directa o indirectamente en el HNN.
Podría seguir hasta terminar el abecedario, pero cada recuerdo revive el dolor y la impotencia que se siente cada vez que atendemos estos desgarradores casos y a pesar de los esfuerzos se siguen presentando y seguimos oyendo las mismas infames justificaciones de los agresores y de quienes debían protegerlas, seguimos oyendo las descalificaciones hacia estas niñas de los que sin conocer el trasfondo las critican y se hacen la vista gorda.
¿Por qué lo comparto ahora con ustedes?, porque para estás niñas el Día de la Madre, no siempre es una fecha hermosa que celebrar. Porque los rostros de estas niñas, sus miradas, sus copiosas lágrimas, reflejaban sus miedos, sus temores, su soledad y su incertidumbre. Detrás de esas lágrimas no hay “una zorrita”, “una provocadora”, “una calientita”, hay una víctima que merece protección y apoyo.
El Día de la Madre no es solo para correr en el último momento y comprar un regalo, con el que pretendemos reflejar amor, podríamos honrar más a nuestras madres, a nuestra propia maternidad y al concepto hermoso que la caracteriza, si nos comprometemos a trabajar desde nuestras diferentes trincheras para reducir embarazos en esta vulnerable población de niñas, que requieren la protección de toda la sociedad.

María Luisa Ávila

Pediatra – Exministra de Salud