Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 19 Junio, 2014

Fue claro Solís al expresar que no estaba afirmando que la libertad de prensa estuviese amenazada aunque sí recalcaba la necesidad de afinar las regulaciones


De cal y de arena

Trabas a la libertad de expresión 

Era el año 2008 cuando el profesor Luis Guillermo Solís Rivera dejaba constancia de sus preocupaciones por los vientos de fronda que soplaban sobre la libertad de expresión en Costa Rica.
Advertía la presencia de riesgos para nuestra democracia derivados del advenimiento del fenómeno del control mediático por pequeños grupos de interés aliados con poderosos bloques políticos.
En reflexiones que titulaba “Voces para acallar el silencio: libertad de expresión y de prensa”, hablaba de un desequilibrio informativo que siempre —y por razones que no son accidentales— favorece a los detentadores del sistema de dominación y perjudica a quienes les adversan.
Fue claro Solís al expresar que no estaba afirmando que la libertad de prensa estuviese amenazada aunque sí recalcaba la necesidad de afinar las regulaciones que la garantizan y tutelan visto que ha sufrido “grave y progresivo desmedro que lejos de aminorarse, se agrava cada vez más rápidamente”.
Atribuía esta realidad a los efectos de que el sistema político hubiese dejado de estar poseído por las élites mesocráticas para ser absorbido y sometido a los designios del complejo financiero-exportador-gran comercial-transnacional, entorno en el que se producía la colusión de medios de comunicación en manos de pocas corporaciones o pocas personas que imponían prácticas periodísticas lesivas al derecho a la propiedad y al derecho del ciudadano a disponer de información veraz, así como la vocación de manipular las encuestas de opinión en medio de la manifiesta intención de algunos medios de convertirse en actores políticos sin tener legitimidad para hacerlo.
Las disquisiciones del hoy Presidente de Costa Rica —duras y para mí certeras— llegan al punto de admitir que “me siento cada vez más proclive a aceptar que empieza a configurarse en el país una ‘dictadura mediática’ de la cual, con las excepciones del caso que son notables y valientes, participa cada vez un número mayor de empresas de comunicación social”.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha abordado con amplitud este importante tema de la libertad de expresión. Sabe de los vientos de fronda que le amenazan y de la necesidad de cautelarle.
Días atrás,  debatió un proyecto para variar sus pautas de trabajo en punto a la gestión del tema. En medio de fuertes pujas, sus sesiones se descarrilaron por la distorsión ideológica que hay en el hemisferio lo que impidió una justa valoración de las amenazas a la libertad de expresión que sí existen, también por obra de las concentraciones del poder mediático de que habló Solís.
De este descarrilamiento no escapó la representación costarricense (seguramente ignara del pensamiento del hoy presidente), resultando así que la puerta va a seguir abierta para la llegada de financiación a la Relatoría de la Libertad de Expresión facilitada por “la mano negra” de las asociaciones del poder mediático hemisférico interesadas en inducir y sesgar el trabajo de la CIDH.
Sería demasiada candorosidad negar que no hay almuerzo gratis.
 

Álvaro Madrigal