Tallar emociones
Los sistemas de climatización, la luz y el aire son focos primarios para la arquitectura sostenible por ser los que más energía consumen en los edificios.
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Antes de iniciar esta lectura, cierre sus ojos y ábralos solo luego de visualizar tres imágenes: las pirámides de Egipto, el Partenón griego y una choza indígena.

¿Qué vio? ¿Quizá faraones, dioses griegos, y una casa con techo de paja?¿Sabe qué tienen en común?

Cada comunidad, cada sociedad y cada civilización se caracterizan por una arquitectura específica que las identifica culturalmente y que fortalece la identidad de sus miembros, permitiendo una cohesión social y una consciencia colectiva de pertenencia.

La arquitectura es un hecho cultural que refleja las condiciones y circunstancias bajo las cuales ha sido concebida y construida.

Esta es la razón por la que hoy, en un edificio de San José, Jorge Sandí y Marta Alvarado, dos compañeros de trabajo, se disputan la temperatura que debe “disparar” el aire acondicionado del despacho que comparten ocho o más horas cada día.

En el siglo XIX, con una industria florida, la visión sobre los recursos naturales era escasa. Se manifiesta una sociedad con vocación expansiva en todo el planeta y que pretende someter los recursos naturales a su exclusiva necesidad y conveniencia.

Como una consecuencia directa de la crisis energética en 1973, surgieron propuestas que apuntaban a una mejor relación de los edificios con su entorno. Nace la “bioclimatización” de la arquitectura, la que pretende hacer de ésta una “sostenible”, amigable con el ambiente.

En palabras de Javier Neila, catedráitico de la Universidad Politécnica de Madrid, se trata del “uso equilibrado que haga la especie de los recursos de su entorno evitando la extinción de éstos y de ella misma”.

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La necesidad de disminuir los consumos para la calefacción en algunos países nórdicos, dio origen a la arquitectura solar en la década del 70, que proponía cubrir las necesidades de calentamiento utilizando la radiación del Sol. Lo mismo se desarrolló con la ventilación.

Uno de sus promotores fue el suizo, nacionalizado francés, Charles Jeanneret-Gris, más conocido como “Le Corbusier”, pintor, arquitecto y teórico. Hoy y hasta febrero 2016, el Museo de Jade expone parte de su obra, en coordinación con el Instituto de Arquitectura Tropical (IAT), el TEC, la Alianza Francesa y las Embajada de Suiza y Francia.

En una reciente conferencia en el Museo de Jade, el Director del IAT, Bruno Stagno, explicó cómo “los arquitectos tenemos el potencial para emocionar”.

Es la misma emoción que le puede causar a usted ver las pirámides, el Partenón y la casa de un indígena. Emociones que producen la sinergia entre Jorge y Marta en el quinto piso donde trabajan y luchan por controlar la temperatura de su oficina.

Esas emociones están presentes en su vida cultural. Stagno lo explica con dos ejemplos: el frío promueve el iglú como vivienda de los esquimales, el trópico, las chozas de paja con espacios abiertos para que corra el aire. El primero permite la concentración al interior de la casa para calentarse, el segundo promueve la “dispersión”, porque el calor hace que la comunidad busque la sombra de los árboles.

Así, la arquitectura  y el medio ambiente se unen a la cultura, para la toma de consciencia concerniente a la desaparición de muchos recursos que nos proveen bienestar, sobretodo el abuso de los mismos, para salvarlos y preservar nuestra especie.

Carmen Juncos y Ricardo Sossa
Editores jefes

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