Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 15 Mayo, 2014

Solís marcó su cancha con un mensaje recibido con buenos auspicios por un país ansioso de cambios que confiado le escuchó expectante y le dio plazo


De cal y de arena

Solís, su cancha y las otras

El presidente Solís Rivera ha trazado la ruta y los objetivos de su gestión como jefe de gobierno. Sus promesas de campaña —ahora sí— han sido oficializadas y grabadas en la piedra donde se enlistan los compromisos adquiridos ante el pueblo, a efectos del llamado a sus autores a rendir cuentas cuatro años después.
Con la solemnidad propia del discurso siguiente a la toma del juramento, don Luis Guillermo registró el sentido prioritario que tendrá la batalla por erradicar la pobreza extrema, ingente tarea hermana del combate al desempleo, la exclusión y la inequidad.
Desde que advierte que en nuestro país “la solidaridad social se resquebrajó gravemente a consecuencia de políticas económicas que modernizaron el aparato productivo nacional pero fraccionaron la sociedad”, el presidente Solís se ha obligado a marchar por el camino de la rectificación de este peligroso descalabro.
Él sabe que será llamado a “juicio de residencia” en 2018, por esto y por la atención que les haya prestado a otros importantes expedientes acumulados irresolutos por varias administraciones y que ya dejan ver efectos corrosivos sobre la calidad de la institucionalidad democrática.
Los puntualiza con sentido de alarma en su discurso de modo que al terminar su mandato el Presidente no podrá alegar omisión por falta de tiempo o desistimiento por inanición. Qué cuentas va a rendir en el tema de la corrupción, en el del grave déficit fiscal, la devastada infraestructura pública, el abastecimiento energético, la aflicción que vive la pequeña y mediana empresa, el sector agropecuario, las trampas a la banca de desarrollo.
Ni que decir del sofoco en las finanzas del gobierno y en los servicios y pensiones de la Caja de Seguro Social, o los cuestionados escudos fiscales para privilegiados empresarios y que compiten con las gollerías sacramentadas por convenciones laborales.
Solís marcó su cancha con un mensaje recibido con buenos auspicios por un país ansioso de cambios que confiado le escuchó expectante y le dio plazo.
No será, empero, por mucho tiempo. El Presidente sabe que es así, que entra a una cancha caliente, difícil; que su fuerza es moral y no numérica; que sus alianzas van a ser circunstanciales; que en la izquierda pasarán en vigilia respecto a las dimensiones de los cambios en ese modelo económico; que en el frente liberacionista hay elementos con vocación obstruccionista y que en el de los cristeros hay cálculo oportunista.
Va a topar, además, con que existe otra cancha marcada por la importante barra de los grupos de presión y los poderes fácticos, unos y otros en pie de guerra para defender sus privilegios y preservar intactos sus canales de influencia —aun dominantes— en los centros de decisión del poder político.
O sea, limpiar esta finca tan encharralada va a demandar el trabajo de una cuadrilla bien conjuntada, diestra con la filosa rula y decidida a no apendejarse ante la adversidad ni a arrodillarse ante los privilegiados.

Álvaro Madrigal