Emilio Bruce

Emilio Bruce

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Viernes 24 Febrero, 2017

Libertad, justicia, solidaridad no son sinónimo de estatización. La libertad, la justicia y la solidaridad  no son incompatibles con la economía de mercado ni con la propiedad privada. No son tampoco sinónimo de burocracia y privilegios sindicales. La solidaridad no es campo de clientelismo, empleomanía o privilegio para quienes son los operadores del sistema

Sinceramente

Socialdemocracia. Combatiendo la pobreza

¿Qué genera la pobreza? ¿Qué genera la desigualdad? ¿Cuál es la herramienta social demócrata para atender esos problemas de pobreza y desigualdad que atentan contra la igualdad, la libertad y la solidaridad?

Estudiadas las causas de la baja producción de algunos, del desempleo crónico de otros y de pobreza extrema en ciertas capas de la sociedad, se concluyó que la población debía tener educación, oficios y entrenamientos para poder ganarse la vida, que la comunidad debía proveerlos de manera gratuita y los receptores debían asistir a educarse para ser más y mejores trabajadores y para vivir y producir de manera más intensa, por lo que el Estado sería interventor y promotor en la educación pública integral de cada país.
Las enfermedades generaban enormes bajas en la productividad de la gente y las mismas llevaban a la pobreza a quienes estaban enfermos o accidentados con discapacidades. En Alemania el 13 de julio de 1883 se aprueba la Ley del Seguro de Enfermedades, el 6 de julio de 1884 se aprueba la del Seguro de Vejez y Muerte y se crean los seguros sociales.
Surge de esta manera una fórmula de atención de los problemas básicos de pobreza: educación y salud. Los seguros sociales no se crearon como instituciones generadoras de empleo sino como instituciones generadoras de servicio médico con sobriedad y ahorro. Sus frutos se veían reflejados en la atención de millones al menor costo posible. No eran los seguros sociales necesariamente operadores de hospitales públicos, ni compradores y distribuidores de medicinas de gobierno. Eran mecanismos que podían comprar servicios a terceros que vendían la atención médica. Eran formas para lograr adquirir a aquellos que los vendían al mejor precio para que atendieran a los enfermos asegurados. También había hospitales públicos y médicos empleados estatales.
Los productores tenían por objetivo pagar los salarios menores y mantener los costos mínimos en sus empresas. Ese objetivo era razonable para los productores pero no para los trabajadores. El laborismo instituye en 1894 el salario mínimo en Nueva Zelanda, el primero fijado en el mundo, dos años después en Australia y en 1909 en Gran Bretaña. Un equilibrio muy delicado es observado ya que un salario mínimo muy alto generaría desempleo y cierre de fábricas, fincas y comercios, un salario mínimo muy bajo no garantizaría ingresos suficientes a las masas ni redistribuiría el ingreso ni justa ni solidariamente. Se fijaron también jornadas y periodos de trabajo ordinario de ocho horas diarias y cuarenta y ocho por semana y de labor extraordinaria mejor pagada, desde los acuerdos de la OIT en Washington en 1919. El Estado se transformó en un gestor de los salarios mínimos y de la productividad de país vigilando estrechamente justicia, solidaridad y productividad. Si las fijaciones acababan con la productividad no habría justicia ni sobreviviría la solidaridad.
Las mujeres carecían de derechos y lentamente surgieron movimientos para que ellas votaran y sus derechos políticos estuvieran equiparados a los de los hombres. Las sufragistas en Gran Bretaña cambiaron al mundo. El voto les sería concedido a partir del 30 de mayo de 1929 culminando una lucha de 137 años en ese país. En Estados Unidos les sería dado antes, un 26 de agosto de 1920. ¿Pero cómo hacer para que ellas tuvieran independencia si debían cuidar casa e hijos? Surgen entonces las redes de cuido y las guarderías infantiles para permitir a las mujeres que requerían trabajar, dejar en manos expertas y ambiente sano a sus hijos.
Libertad, justicia, solidaridad no son sinónimo de estatización. La libertad, la justicia y la solidaridad  no son incompatibles con la economía de mercado ni con la propiedad privada. No son tampoco sinónimo de burocracia y privilegios sindicales. La solidaridad no es campo de clientelismo, empleomanía o privilegio para quienes son los operadores del sistema. La red de seguridad social no pretende jamás proletarizar sino generar más y mejores propietarios, emprendedores y profesionales independientes. La social democracia no es generadora de dádivas permanentes sino de diagnósticos de las causas de los problemas sociales y de soluciones mientras esos problemas se superan.
La social democracia resolvía así en su origen los problemas, sin desalentar la producción ni la iniciativa individual, tampoco generaba monstruos burocráticos que se tragaran los recursos solidarios ni establecía como el comunismo una dictadura de clase y de partido. Sus esfuerzos fueron los victoriosos del siglo XIX y XX. A partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial se apreciarían más sus éxitos sociales y su preservación de la libertad por contraste con el despotismo y totalitarismo comunista.
Los sistemas no se mantienen eternamente sin ajustes. Los cambios sociales llevaron a los países europeos a cambios muy profundos en las herramientas. Los objetivos de libertad, justicia y solidaridad se conservan plenos hoy día. La lucha no cesa, la humanidad no deja de adoptar nuevas formas. La social democracia sin dogmas se adapta a las circunstancias preservando los valores de libertad, justicia y solidaridad.

Emilio R. Bruce
Profesor
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