Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 19 Noviembre, 2009


VERICUETOS
Sobre el examen de biología

En este país en que las leyes están perdiendo su preeminencia sobre la conducta social, en una época en que la vigencia de las normas se reduce, para muchos, al papel en que se estampan, en la que hacemos malabares para brincarnos cuanto precepto, disposición, regulación o principio ha adoptado nuestra sociedad para nuestra convivencia, hay una ley cuya vigencia es incuestionable: la Ley del Mínimo Esfuerzo.
Lamentablemente para nuestro país, hemos adoptado la vía rápida y más directa como recurso para obtener el objetivo. No pareciera tener relevancia cualquier connotación ética o moral. Lo importante es conseguirlo a como haya lugar, rápidamente y, si se puede, impunemente.


Por eso no me extraña, aunque me agobia, la conducta de algunos pocos (por suerte) estudiantes de bachillerato que consideran injusta la determinación del ministro Garnier de repetir el examen de biología ante la presunción de actos delictivos que pudo haber hecho el mismo de conocimiento anticipado de algunos graduandos. Tampoco me sorprende que hayan recurrido a la Sala Constitucional, madre de todos los remedios.
No puedo francamente ser tan comedido con los padres de familia y los educadores que consideran una infamia que los retoños tengan que examinarse de nuevo y se preocupan más por la alteración de las fechas de sus fiestas y paseos de graduación que por enterarse si sus hijos fueron partícipes de un fraude de tales características, que debería tener avergonzada a toda la comunidad estudiantil sin importar que hayan sido solo unos pocos desadaptados los que pudieron haber perpetrado el hecho y se hayan aprovechado de él.
Calificando un trabajo de investigación que habían elaborado los estudiantes de mi curso universitario, descubrí que una alumna había realizado una transcripción literal de una tesis de grado en lugar de haber trabajado en el proyecto como estaba obligada a hacer. La copia resultaba tan burda, que contenía las mismas referencias que el trabajo de graduación que había servido de “modelo”. Dado que la estudiante no había ni siquiera leído el texto copiado fraudulentamente y que posiblemente había encargado copiar a algún mecanógrafo, apliqué la fórmula de a cero esfuerzo cero recompensa por lo que su nota fue cero. Dado que cero por cualquier cantidad resulta siempre cero, comprenderán ustedes que la alumna perdió el curso.
Me sorprendió muchísimo la explicación de la muchacha: “profe, es que como este texto es tan bueno y yo no puedo escribir algo mejor, entonces decidí copiarlo”; mezcla de desparpajo e ingenuidad. Pero lo que me dejó completamente fuera de balance fue enterarme que sus padres habían venido con el Decano de la Facultad a quejarse de la tremenda injusticia que un profesor cruel e inhumano había cometido con su pobre retoñito, cuya única culpa habría sido comprender que las obras insuperables basta con copiarlas.
El gran riesgo que asumen padres y educadores que se flexibilizan ante los muchachos que actúan incorrectamente, es el mensaje de impunidad que les brindan, es hacerles creer que se puede actuar mal y no pagar las consecuencias.
La enseñanza más importante que padres y profesores pueden brindar a un estudiante en su formación para la vida, es darle la seguridad incuestionable de que todos los actos de la vida tienen una consecuencia que se debe asumir, y que la impunidad es solo un albur que muy pocas veces les permitirá salir airosos de una conducta inapropiada.
Qué suerte que Leo Garnier está a la cabeza del MEP.