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Miércoles, 12 de diciembre de 2018



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Sin gobernanza global no hay reactivación

Juan Manuel Villasuso [email protected] | Martes 31 marzo, 2009


Dialéctica
Sin gobernanza global no hay reactivación

Juan Manuel Villasuso

El próximo 2 de abril se realizará en Londres la cumbre de las naciones más poderosas del planeta, el G-20. En esa reunión se van a discutir y tratar de encontrar soluciones colectivas a la crisis económica.
El criterio predominante es que las acciones individuales que cada país está aplicando no son suficientes para superar los desequilibrios financieros y la fuerte contracción de la producción y el empleo en el sistema económico mundial. Se requieren medidas que enfrenten los problemas de manera integral, o como algunos lo denominan, desde la gobernanza global.
La gobernanza, conforme al Diccionario de la Real Academia Española, se define como el “arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”, ... y no puede traducirse como gobernancia.
La Comisión Europea en su Libro Blanco sobre la Gobernanza Europea (2001) también proporciona una definición: “Reglas, procesos y conductas que afectan el modo como se ejerce el poder, particularmente en lo que se refiere a la apertura, la participación, la responsabilidad, la efectividad y la coherencia”
Hablar de gobernanza global, por lo tanto, refiere al conjunto de normas que deben prevalecer en el ámbito internacional para regular el comportamiento de la variada gama de actividades y actores que participan en la globalización.
Sin embargo, tal y como lo destaca el politólogo James Rosenau, no existe un poder central, comparable con el estado-nación, que pueda establecer la normativa necesaria para enfrentar problemas comunes como la inestabilidad económica, la pobreza, el desarrollo energético o el cambio climático.
Los organismos financieros internacionales, entre ellos el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, tan vigorosos para imponer sus recetas a los países en vías en desarrollo, han probado ser incapaces de interpretar adecuadamente, prevenir y ofrecer soluciones a los acontecimientos asociados con la globalización económica.
Las expectativas que genera la Cumbre son muy elevadas. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), en un informe recién publicado “The Financial and Economic Crisis: A decent work response” resalta que “la crisis mundial se ha profundizado y entraña el peligro de una prolongada recesión, lo que pone en riesgo la estabilidad social. Los países han tratado de enfrentar la crisis pero los planes no han sido exitosos hasta ahora debido a que no se han abordado las causas estructurales , el crédito no se ha reactivado, no se ha puesto suficiente énfasis en el trabajo decente, poca atención se le ha dedicado a la dimensión de desarrollo y no se han coordinado globalmente las políticas. Es indispensable un pacto mundial que permita generar 90 millones de nuevos puestos de trabajo en los próximos dos años”.
A su vez, el financista George Soros declaró a la BBC que la cumbre será un evento decisivo, ya que puede ser la última oportunidad de prevenir una “depresión” que devastaría a los países menos desarrollados. “El encuentro del G-20 tiene que ser a todo o nada porque, a menos que hagan algo por el mundo en desarrollo, se producirá un colapso en esas naciones”.
Dentro de pocos días sabremos si el G-20 está dispuesto a sentar las bases de una gobernanza global que permita la reactivación y el desarrollo o si los intereses individuales seguirán prevaleciendo.