Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 2 Marzo, 2015

No queremos morir, ni desaparecer, ni sufrir. Y si nos dan a escoger, ¿qué preferiríamos?: ¿Perder la movilidad física o la capacidad cerebral?


Ser, permanecer… quizás soñar

Todos los hombres son mortales, nominaba una de sus novelas la feminista Simone de Beauvoir décadas antes del lenguaje inclusivo. Afirmaba, en el título, una verdad absoluta: todos los seres humanos en algún momento mueren. Filosofaba, en el relato, sobre el deseo, tan humano también, de ser inmortal.
Reconocer nuestra mortalidad puede hundirnos en la depresión más absoluta (hasta el punto de investigar cuál es la mejor manera de suicidarse), o llevarnos a evadir la realidad (hasta el punto de buscar cómo sentirnos superiores a los demás), o buscar una forma de sobrevivir (hasta el punto de hundirnos en cualquier vicio).
Los artistas tienen una necesidad de trascendencia aún mayor que los demás. ¿Asunto de ego? Sí, sin lugar a dudas. ¿Evitable? No: apenas manejable. ¿Vivir en el anonimato o morir célebres? Difícil elección.
Andrew, el obsesivo percusionista de jazz de “Whiplash”, está convencido que “ser el mejor músico del siglo XX es tener éxito” y prefiere “morir quebrado y borracho y que la gente hable de mí, a vivir rico y sobrio hasta los 90 sin que nadie me recuerde”.
Riggan, el actor que necesita relanzar su carrera en “Birdman” para sentir que no está muerto en vida, que aún existe, que es importante, es enfrentado por su hija: “Haces esto porque te aterroriza admitir, como a todos los demás, que no eres relevante. ¿Y sabes qué? Es cierto”.
¿Y los científicos? ¿Pretenden trascender? O sin quererlo, gracias a sus descubrimientos, teorías y/o inventos, ¿alcanzan la inmortalidad dándole, incluso, un golpe al ego de los seres humanos? Copérnico, Galileo… Alan Turing y Stephen Hawking.
Los dos genios ingleses son retratados en “El juego de la imitación” y “La teoría del todo” como curiosos intelectuales y pensadores apasionados. Turing fue torturado legal, social y médicamente por su definición sexual. Hawking sobrevive a la esclerosis lateral amiotrófica que ha dominado su cuerpo, no su cerebro.
No queremos morir, ni desaparecer, ni sufrir. Y si nos dan a escoger, ¿qué preferiríamos?: ¿Perder la movilidad física o la capacidad cerebral? Difícil elección.
Alice, la lingüista que es diagnosticada con alzhéimer temprano en “Still Alice”, sabe que va a perder lo que más ha desarrollado durante sus 50 años de vida: su cerebro.
¿Y si lo que los moviliza a algunos son los ideales? ¿Si el sentido de la vida es cumplir con un mandato?
Chris Kyle estaba tan convencido que debía defender a sus compatriotas, que asesinó a más de 150 personas en Irak. “American Sniper” lo dibuja como un hombre que creía estar haciendo lo correcto.
Curiosamente Martin Luther King fue asesinado en 1968 por un francotirador blanco que, tal vez, también creía estar haciendo lo correcto. El doctor King, consecuente con su pensamiento, encabezó las marchas por los derechos electorales de los negros que podemos ver en “Selma”.
“Morir, dormir… quizás soñar”, afirma el Hamlet de Shakespeare, dramaturgo que, por cierto, alcanzó la inmortalidad.
 

Claudia Barrionuevo

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