En Costa Rica, hablar de salud pública sin incorporar el enfoque de género es, hoy en día, una omisión difícil de justificar. El país ha construido un sólido marco normativo e institucional que reconoce la importancia de abordar las desigualdades entre mujeres y hombres como un factor determinante en la salud. Sin embargo, la distancia entre la política pública y la realidad cotidiana sigue evidenciando retos que requieren atención urgente.
A nivel regional, instrumentos como la Agenda de Salud de Centroamérica y República Dominicana 2019-2030 y la Política Regional de Salud 2023-2030 del SICA han insistido en la necesidad de garantizar una vida sana y promover el bienestar durante todo el ciclo de vida, incorporando la equidad de género como un eje transversal. Estas iniciativas subrayan la importancia de trabajar desde la determinación social de la salud, reconociendo que factores como el ingreso, la educación, el entorno y las condiciones laborales impactan de manera diferenciada a mujeres y hombres.
Costa Rica no ha estado al margen de estos esfuerzos. Políticas como la Política Nacional para la Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres (PIEG 2018-2030), la Política Nacional de Salud 2023-2033 y la Política Nacional de Salud Mental 2024-2034 reflejan un compromiso institucional con la igualdad sustantiva. A esto se suma el liderazgo del Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU), que ha impulsado herramientas técnicas y estrategias para integrar el enfoque de género en los servicios de salud.
Entre los avances más relevantes destacan la elaboración de guías especializadas, como la atención integral a mujeres con VIH, así como materiales dirigidos a garantizar el acceso a la salud sexual y reproductiva de mujeres con discapacidad. También se han desarrollado instrumentos para la prevención del embarazo adolescente y la violencia de género, promoviendo la articulación entre instituciones y comunidades.
No obstante, estos logros conviven con brechas estructurales que limitan su impacto. La economía del cuidado continúa recayendo de forma desproporcionada en las mujeres, afectando su acceso al empleo, su autonomía económica y, en consecuencia, su bienestar integral. Asimismo, las desigualdades en salud mental siguen siendo evidentes: aunque los hombres presentan mayores tasas de suicidio consumado, las mujeres registran más intentos, lo que revela una carga emocional y social que muchas veces no es atendida de forma adecuada.
La violencia de género, en sus distintas manifestaciones, sigue siendo uno de los principales desafíos. A pesar de la existencia de protocolos de atención y mecanismos de denuncia, la prevención requiere un enfoque más integral que incluya educación, cambios culturales y una respuesta institucional más articulada. En este contexto, problemáticas como la violencia obstétrica comienzan a ganar visibilidad, evidenciando la necesidad de humanizar los servicios de salud.
Otro elemento clave es la interseccionalidad. Las mujeres no constituyen un grupo homogéneo. Las condiciones de una mujer indígena, afrodescendiente, migrante o con discapacidad difieren significativamente, lo que exige respuestas diferenciadas desde el sistema de salud. Incorporar esta mirada es fundamental para evitar que las políticas públicas reproduzcan exclusiones.
El desafío de fondo no radica únicamente en diseñar políticas, sino en garantizar su implementación efectiva. Esto implica asignar recursos suficientes, fortalecer la institucionalidad y promover la participación activa de las comunidades. Además, resulta indispensable avanzar hacia presupuestos públicos que integren el enfoque de género y la accesibilidad como criterios centrales.
En un contexto de presión sobre los sistemas de salud, invertir en igualdad de género no solo responde a un principio de justicia social, sino que también contribuye a mejorar los resultados sanitarios de toda la población. Costa Rica ha demostrado capacidad para liderar en este ámbito, pero el verdadero reto es traducir ese liderazgo en cambios concretos y sostenibles.
La salud con enfoque de género no es una aspiración abstracta. Es una necesidad urgente que demanda coherencia entre el discurso y la acción. El momento de cerrar las brechas es ahora.
Por: Alberto Cabezas
Secretario y Periodista
Asociación agencia para el desarrollo accesible sin fronteras
Correo electrónico: secretaria@adasfro.org





































