Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 24 Diciembre, 2009


VERICUETOS
Regalitos navideños


Parece que pocas de nuestras costumbres, buenas y no tanto, están sobreviviendo a los vientos gélidos de una Navidad en tiempos de crisis y en la era de la cibernética.
¿Recuerdan cuando en las casas y oficinas adornaban las paredes o colgaban del árbol de Navidad las tarjetas de felicitación que se recibían por docenas desde todos los confines?
Recibir media centena de ellas podía ser motivo de gran frustración, porque no había quien no las enviaba, de todo tipo y color, hechas a mano, compradas en la artillería, en la Universal o a la Unesco, con la foto de los remitentes y sus güilas, con escarcha y hasta musicales.
Por supuesto que las tarjetitas conllevaban un buen negocio implícito para no pocos; para los impresores, los intermediarios, el que las vendía en la avenida central y hasta para las buenas obras de los organismos de las Naciones Unidas. Claro que la venta de estampillas era también fuente de unos pesos para el Correo que se veía tan abrumado con la millonada de ellas que no era del todo raro recibir una en junio o julio, con seis o siete meses de retraso, a pesar de que para las fechas se contrataban decenas de interinos que ayudaran a acomodarlas en las casillas de los apartados y a clasificarlas para su distribución, a pata, por los carteros, esos que hace tanto tiempo no se ven ya por las calles de la capital.
Ahora, gratis y sin intervención (ni ganancia) de nadie, las tradicionales postales navideñas se envían por Internet, novedad que acabó con la práctica de adornar con ellas paredes y arbolitos.
Será cuestión de que nos acostumbremos a la nueva práctica de felicitar a medio mundo, hasta a quienes no conocemos, con un doble clic, sin el esfuerzo del bolsillo y el trabajo de la lengua pega-estampillas.
¿Y qué dicen de los mensajeros haciendo fila en su oficina para dejar los regalos de los clientes y proveedores? Este año parece que la crisis golpeó tanto el bolsillo de la gente que hasta se vio afectado el presupuesto de esa especie de “cariñito-publicitario” hasta el punto de convertirlo en especie de referencia histórica. Y la verdad, mucho mejor que esté siendo así. Sin ánimo de ser un malagradecido, la verdad es que los presupuestos que las empresas utilizaban para financiar muchos chunches inservibles o botellitas de aguas santas, pueden tener mejor destino.
En la oficina en que trabajo, hace ya unos diez años que la práctica de enviar tarjetas y regalos de Navidad fue descartada, porque tomamos conciencia de que era mejor juntar los pesos que gastábamos, para financiar, con la ayuda de los empleados, nuestro proyecto de atención de hogares muy pobres que dan cobijo y atención a cientos de ancianos que son generalmente abandonados por sus familiares, una triste práctica que sufren muchos adultos mayores, especialmente cuando padecen algún tipo de incapacidad. Parece que entre las borracheras y las tamaleadas decembrinas algunos pierden la capacidad de compadecer a los viejitos de sus familias. Valores trastocados más de ahora que de siempre.
En todo caso, lo que tenemos que preservar son los valores del espíritu de la Navidad, que va mucho más allá de la cibernética y de las crisis económicas.
Feliz Navidad.