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Lunes, 19 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


¡Qué tanate de zanates!

Claudia Barrionuevo [email protected] | Lunes 14 febrero, 2011



¡Qué tanate de zanates!


Que la Costa Rica de hoy dista mucho de ser la de hace treinta años es una verdad de Perogrullo. Que San José ha cambiado era inevitable. Para bien o para mal.
El progreso siempre ha traído y traerá espantos y maravillas. Y no es cuestión de enumerar ni los unos ni las otras. Digamos que el equilibrio entre el bien y el mal tiende a mantenerse, aunque tal vez siempre la balanza esté inclinada hacia uno de los lados. Todo es cuestión del cristal –optimista o pesimista- con el cual se observe la realidad.
Así que no pretendo hundirme en el pozo de la nostalgia diciendo que antes no había zanates en San José: sólo quiero elevar mi protesta en contra de ellos.
Ellos. Groseros, despeinados, gritones, destemplados que este verano han invadido mi barrio como nunca antes, dibujando en mi acera y mi garaje un mapa blanco con sus cuitas.
Al salir de mi casa la banda que se instala en las rejas y el árbol de enfrente se levanta en bandada emitiendo sonidos estridentes. Su cercanía me da miedo y no dejo de evocar el clásico de Hitchcock, temiendo que me ataquen con sus horrendos picos.
No son cuervos ni urracas, aunque lo parezcan. María Mulata, Cocinera, Chango, Talingo, Pincho, Tordo, Pedro Luis o Negro Luis: los zanates son llamados de distintas maneras desde Estados Unidos hasta Perú y Venezuela, causando los mismos estragos en campos y ciudades y desplazando a otras aves de menor tamaño. Si en Costa Rica decimos gastar pólvora en zopilotes –para expresar un gasto inútil- en Guatemala se utiliza la misma frase en referencia a los zanates.
Los xenófobos dicen que vienen de Nicaragua. Los expertos aseguran que siempre estuvieron en nuestro territorio –en manglares y pantanos- y que como se les dificulta alcanzar grandes distancias sin descansar y no pueden volar a gran altura ni en espacios densos, la desaparición de los bosques primarios les permitió trasladarse primero a los campos –arrasando con los cultivos- y luego a las ciudades donde se han aclimatado más que bien. Al parecer los liberianos los sufren tanto o más que los josefinos.
Los zanates son tan pendencieros que espantan a las aves más pequeñas. En mi pequeño jardín visitado –a pesar de los gatos- por pechos amarillos, colibríes, gorriones y viudas, ya no se observan más que zanates y palomas de Castilla, estas últimas siempre prestas a atragantarse con el alimento para felinos domésticos.
Aunque las palomas son más bonitas y emiten sonidos más armónicos que el Quiscalus –especie de ave paseriforme de la familia de los Icteridae: zanate en fin- ambos son plagas urbanas con las que no nos queda más que convivir responsabilizándonos de los motivos por los cuales nos han invadido.
Pocos zanates vi a mi llegada a Costa Rica y ningún gecko, el famoso perrozompopo nicaragüense. Estas lagartijas claras, rápidas y pequeñas que han invadido nuestros hogares con su particular sonido, por lo menos devoran insectos y minimizan la plaga de zancudos del verano. Y aunque también activan las alarmas, no son tan molestos como el tanate de zanates que ha invadido los pocos árboles urbanos que aún sobreviven.

Claudia Barrionuevo
[email protected]