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¿Qué estoy haciendo?

De niño era conocido como irritable, de joven parecía indomable; el piso de las canchas era el blanco de las raquetas que quebraba cuando dejaba explotar su temperamento. “Yo era muy perfeccionista, no soportaba cometer un error, menos dos y, al tercero, tiraba la raqueta o gritaba, me estaba convirtiendo en un maestro en tirar la raqueta, y con eso hasta avergonzaba a mis padres”, dice Roger Federer, el ahora caballero del tenis.
A los 16 años se dedicó exclusivamente al deporte, desde entonces se notaba que tenía todo el talento para ser un gran campeón. Su principal rival era él mismo, con sus frecuentes arrebatos de ira descontrolada. Era competitivo y quería ganar todo; esto es excelente, pero le faltaba ganar el juego contra sus malos comportamientos.
Un buen día a sus 20 años de edad, cuando iba perdiendo ante el argentino Franco Squillari, se quedó mirando la pelota luego de una mala jugada y se preguntó: “¿Qué estoy haciendo?” Aunque de nuevo rompió la raqueta, optó por no volver a pronunciar una sola palabra al enojarse. En otros juegos decidió agregar que solo rompería la raqueta al terminarlos, y poco a poco, dejó de vociferar y de romper raquetas. Su proceso de transformación había empezado. El resto de la historia es conocida: pasó del puesto 700 en 1997 al número uno en 2004, y ha roto muchos récords mundiales desde entonces.
Federer es un referente más allá del deporte, no solo por su talento técnico sino por su extraordinaria concentración mental, disciplina, y casi inexpresividad emocional durante el juego. Su serenidad impacta incluso a sus competidores, a quienes muestra gran respeto.
Eso sí, sigue siendo un ser humano; en aisladas ocasiones explota de nuevo contra su raqueta, y cuando perdió ante Nadal en Australia lloró como un niño delante de miles de aficionados que le aplaudieron. Con estos extremos nos recuerda que avanzar hacia un temperamento maduro no se trata de reprimir emociones, sino de procesarlas y gestionarlas a nuestro favor.
En 2003 estableció la Fundación Federer para apoyar a la niñez de Sudáfrica y otros países, y desde 2006 es Embajador de la UNICEF. Roger transformó su ímpetu de ganar en ser un ganador, orientó su competitividad en vencerse a él mismo y demostró que siempre hay un buen momento para cambiar y mejorar. Él dejó de “insultar” a sus raquetas y, en cambio, decidió decirle a su temperamento: ¡Venzámonos para triunfar!

German Retana
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