Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 19 Abril, 2008

¿Qué vachaché?
ELOGIOS

Leopoldo Barrionuevo

Enrique Santos Discépolo fue uno de los más grandes creadores del tango cantado y el más recordado por la vigencia de sus versos en nuestros países: “Tres esperanzas”, “Soy un arlequín”, “Desencanto”, “Martirio”, “Tormenta”, “Infamia”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Condena”, “Sin palabras”, “Canción desesperada” y “Uno”, por nombrar sino unos pocos, los más recordados de su producción final que no fue demasiado numerosa —a diferencia del resto de tangueros— debido a que no creaba más que una obra por año mientras corregía constantemente sus versos a la búsqueda del sinónimo adecuado.
Fue actor de teatro y cine, distinguido dramaturgo y comentarista mordaz, que acabó su obra en medio de la indiferencia de sus amigos y admiradores cuando en el final de su vida creó un personaje radiofónico que diariamente se escuchaba pregonando la obra del peronismo: “Mordisquito”. Sin embargo, Discepolín es más recordado por un tango que atravesó el siglo con su sarcasmo doloroso y profundo que tuvo la virtud de representar un anticipo a lo que vendría después, me refiero a “Cambalache”, el cual retrató un mundo que vivía una hambruna que llegó a todas partes y que iniciada la Guerra Civil Española conduciría a un conflicto mundial y a un infame holocausto.
Corría 1935 cuando Discépolo creó aquellas imágenes que viven más allá de “la liviana melodía, que sólo es tiempo” (Borges): “Pero que el siglo veinte es un despliegue/ de maldá insolente, ya no hay quién lo niegue. Y después: Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor/ ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador… No hay aplazaos ni escalafón,/ lo mismo un burro que un gran profesor… Cualquiera es un señor/ cualquiera es un ladrón… El que no llora no mama y el que no afana (robar) es un gil… No pienses más,/ sentate a un lao/ que a nadie importa si naciste honrao”.
Sin embargo, la verdadera inspiración la tuvo Discépolo diez años antes cuando publicó su segundo tango, en el cual es una mujer la que clama por comida en los años veinte, los que siguieron a la Gran Guerra: ¿Qué vachaché? (¿Qué vas a hacer?). En medio de la miseria, esa mujer agravia a su pareja y cae en el cinismo: “¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos/ si aquí ni Dios rescata lo perdido:/ qué querés vos?, ¡hacé el favor!/ Lo que hace falta es empacar mucha moneda,/vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda,/ plata, mucha plata y plata otra vez… / Así es posible que morfés (comer) todos los días,/ tengas amigos, casa, nombre… lo que quieras vos./ El verdadero amor se ahogó en la sopa,/ la panza es reina y el dinero Dios./ ¿Pero no ves, gilito embanderado,/ que la razón la tiene el de más guita?/ ¿Que a la honradez la venden al contado/ y a la moral la dan por moneditas?/ ¿Qué no hay ninguna verdad que se resista/ frente a dos pesos moneda nacional?/ Vos resultás —haciendo el moralista— un disfrazao… sin carnaval”.
Discépolo concluye con: “¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio,/ vale Jesús lo mismo que el ladrón”. Sus premoniciones fueron mal recibidas en 1926 cuando Tita Merello lo cantó en el Teatro Apolo y el público no lo comprendió a punto tal de abuchearlo durante el resto de la función, es que el tema del tango era entonces otra cosa: amores contrariados, mujeres de cabaré, pinturas del arrabal, de ahí que el paradigma triunfara una vez más, pero fue la puerta abierta para “Cambalache” diez años después.
Lo malo de los pioneros es que mueren a manos de los indios; un cronista uruguayo vaticinó: “Este hombre no volverá a escribir un tango”, menos mal que Discepolín insistió como para que Carlos Gardel lo grabara, además de “Esta noche me emborracho”, “Yira, yira”, “Chorra”, “Victoria”, “Secreto”, “Confesión”, “Malevaje”, “Sueño de Juventud”, “El Carrillón de la Merced” y “Justo el 31”. Lamentablemente “Uno” lo escribió ocho años después de la muerte de Gardel; nos quedamos con las ganas de escucharle esa interpretación, junto con la de “Cambalache”, del mismo año del accidente de Medellín.

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