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Lunes 14 Septiembre, 2009


Propiedad intelectual, derecho a la competencia


Quienes innovan ofrecen bienes, servicios y procesos mejorados que fomentan el crecimiento económico y la calidad de vida.
La propiedad intelectual es un incentivo para la innovación, pero carece del mismo reconocimiento social. Sorprende la pasión con que se debate sobre sus beneficios, cuando esta ofrece bondades tanto para derechohabientes, como para la sociedad en general.
La propiedad intelectual aglutina una serie de derechos que cobijan diferentes frutos del intelecto humano. Junto a intereses privados, los activos intangibles generan intereses públicos; públicos porque el consumo por un individuo no mina la disponibilidad de los activos a sus semejantes.
Son privados porque hay normas jurídicas que confieren derechos de explotación a sus creadores. De esta manera, la propiedad intelectual amplía el conocimiento común, mientras otorga derechos individuales a quienes alimentan el bien común.
La protección de intangibles tiene gran valor para un creciente número de industrias y para el sector de servicios. Actualmente, la propiedad intelectual apoya entre un 50% y un 70% de las ganancias brutas del sector privado de un país dado.
Más importante, contribuye al desarrollo de las naciones. La Alianza de Derechos Propietarios señala la correlación entre la protección de derechos y el crecimiento económico en su estudio de 115 economías que representan un 96% del PIB (Producto Interno Bruto) mundial.
El estudio encontró que el percentil superior de países que respetan los derechos de propiedad, incluyendo la intelectual, gozan de un PIB diez veces mayor del percentil inferior.
Invenciones que salvan vidas, marcas establecidas que dan confianza al consumidor, o creaciones artísticas de valor cultural, difícilmente “permearán” ambientes hostiles a la propiedad intelectual.
Por el contrario, derechos de patentes y de autor catapultan la innovación y creatividad mediante políticas diseñadas para su fomento.
En países en desarrollo, ampliamente apoyados por economías rurales agrícolas, se enfrentan retos como población en crecimiento, mayor demanda por comida versátil y de calidad, reducción de la tierra arable y fuentes de agua potable, así como la necesidad de fuentes renovables de energía.
Por ejemplo, la industria de ciencia de los cultivos investiga, innova y desarrolla soluciones tecnologías para el control de plagas en apoyo a esos retos. Dicha industria dedica un 7,5% del valor de sus ventas a investigación en nuevas soluciones tecnológicas para el agro. Este esfuerzo hace que una de 140 mil moléculas llegue a ser un producto fitosanitario disponible en el mercado.
No capitalizar sobre dicha herramienta intelectual pone en jaque a los innovadores, pero más aún, a los productores mismos y a la sociedad.