Nuria Marín

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Lunes 18 Julio, 2011


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Praga y Dubrovnik


He tenido la oportunidad de visitar algunos de los países de Europa del Este, igualmente, la tierra de Tito, la otrora República Federativa Socialista de Yugoslavia, todas ellas tierras lejanas y de diversos bagajes históricos, etnias y credos pero que mantienen en común sus capacidades de resiliencia y adaptación.
Escribo desde Praga, un país que tuve la oportunidad de visitar, poco tiempo después de la escisión de Checoslovaquia y la proclamación de la República Checa, tiempo en el que pocos hablaban inglés, el comercio era incipiente y la tarjeta de crédito un medio de pago poco conocido.
Dieciséis años después, se trata de un popular destino europeo, como tantos otros, bullicioso y efervescente en turistas, muchos de ellos jóvenes que aprovechan sus vacaciones de verano.
Son pocas las huellas de los horrores, muerte y represión de la época soviética, sin embargo, el espíritu y coraje de la Primavera de Praga la encarna mediante varios monumentos el joven Jan Palach, quien en enero de 1969 en protesta y aspiraciones de libertad, se inmoló. También llama la atención un metrónomo gigante que se asentó en la base en lo que fuera el Monumento a Stalin (destruido en 1962).
Las bellas ciudades de Dubrovnik y Cavtat, otros de nuestros destinos en este viaje e igualmente florecientes sitios turísticos, representan por otra parte la superación de duras heridas por luchas fratricidas y genocidas que significaron no solo la escisión de la Federación Yugoslava, sino la intervención internacional y la posterior instauración de tribunales especiales en La Haya.
Producto de la guerra de la independencia de Croacia (1991-1994), Dubrovnik, conocida como la Perla del Adriático, tuvo que vivir el bloqueo y terribles bombardeos orquestados por el serbio Slobodan Milosevic e instrumentado por las vecinas fuerzas montenegrinas, las que tras varias masacres, sitiaron la ciudad por siete meses (1991-1992).
La población civil tuvo que enfrentar graves dificultades al no contar con electricidad ni agua potable y tener escasos alimentos. Además las historias de horror son aún un recuerdo vivo en cuanto a las formas y métodos de muerte y torturas empleados especialmente por las fuerzas paramilitares serbias.
Hoy sin embargo, se respira un ambiente de paz y seguridad que nos deseáramos en Costa Rica. En menos de 20 años todos las edificaciones afectadas han sido reconstruidas, y al igual que en Praga son pocos los indicios de esa encarnizada lucha, los que mayormente quedaron relegados a un museo erigido en su honor sobre la montaña aledaña a la ciudad.
Dubrovnik y Montenegro son tan cercanos que operan como destinos compartidos manteniendo además importantes lazos comerciales. Para quienes desconocen la historia, será difícil entender la verdadera magnitud y capacidad de resiliencia de estos pueblos, que muestran con su ejemplo, que la vida continúa y que la mejor forma de pasar la página es trabajar juntos en la construcción de un futuro mejor.

Nuria Marín