Bruno Stagno

Enviar
Lunes 10 Septiembre, 2012


Popularidad vs. legitimidad


Todos los gobiernos toman decisiones erradas o desacertadas, sea porque fallan al leer el ánimo de la sociedad o se equivocan al prever sus consecuencias. Evidentemente no incluyo aquellas decisiones que son prima facie ilegales o inmorales, las cuales usualmente responden a motivaciones que van más allá del interés general.
Como sabemos, la toma de decisiones —y la implementación de las acciones que se derivan de ellas—, impacta en la popularidad de todo gobierno. Frecuentemente se escucha a jefes de estado o de gobierno proclamar que no actúan según sondeos de opinión sino según el interés nacional.
La diferencia entre aquellos que realmente ponen en práctica dichas palabras y aquellos que simplemente lo dicen para ocultar la triste verdad (que tienen sus egos fijos en algo tan inmaterial como los sondeos de opinión), es que los primeros saben diferenciar entre la popularidad y la legitimidad, mientras que los segundos no entienden la diferencia.
Por popularidad me refiero a opiniones o apreciaciones que se pueden fabricar sobre la base de promesas, mentiras, prebendas o acciones superficiales así como cultivar con aciertos y resultados.
Por legitimidad me refiero a algo mucho más difícil de construir porque menos efímero y que requiere cierta abstracción de parte de la ciudadanía: un divorcio parcial o total de prejuicios ideológicos o políticos.
Es a la vez algo más subjetivo que la legalidad o constitucionalidad de un mandato de gobierno (una premisa básica para los gobiernos surgidos de elecciones libres y transparentes) pero a la vez más objetivo que la popularidad.
Es también lo que a fin de cuentas determina el margen de maniobra que realmente tiene un gobierno para cumplir con su agenda así como para asegurar su legado.
A diferencia de la popularidad, la legitimidad se construye sobre la base de decisiones estratégicas. La legitimidad es poco sensitiva a decisiones de menor cuantía, pero hipersensible a decisiones de mayor cuantía, es decir, estratégicas.
El problema para un gobierno es saber identificar, diferenciar y procesar las decisiones estratégicas, asegurándose que su implementación no resulte contraproducente. Así como pueden producir importantes réditos en legitimidad, pueden también encerrar trampas fatales, razón por la cual la mayoría de gobiernos rehúyen de ellas.
Lo que hace la diferencia entre un gobierno que logra cultivar o acentuar su legitimidad y uno que no, es que el primero acierta en la toma de decisiones estratégicas.
A veces una sola decisión basta, porque son de tal relevancia que impactan cualitativamente en el bienestar de una sociedad. Evitar la toma de decisiones estratégicas lleva al menudeo y a un consiguiente aumento exponencial en los costos de oportunidad para una sociedad.
Asimismo, usualmente lleva a la multiplicación de disyuntivas estratégicas, ahogando a todo gobierno que no quiere enfrentar con valentía e inteligencia los retos por delante.

Bruno Stagno Ugarte